Redacción /Sol Yucatán
El silencio del mar no siempre significa descanso. En las costas de Yucatán, hay días en los que las lanchas permanecen quietas, pero la vida sigue moviéndose en tierra firme, entre pintura, herramientas y manos curtidas por la sal.
La veda del mero y el pulpo detiene la pesca, pero no la necesidad. Para cientos de pescadores, este tiempo no es pausa, sino resistencia. Desde temprano, en los astilleros de Yucalpetén, el sonido de lijas, motores y martillos sustituye al oleaje. Ahí, los hombres de mar cambian redes por brochas, anzuelos por llaves inglesas, buscando sostener a sus familias mientras el mar se recupera.
No es una elección, es adaptación. Cuando “el dinero escasea”, como cuentan los propios pescadores, cada jornada se vuelve un acto de supervivencia. La pesca se detiene por ley y por cuidado de las especies, pero las cuentas no esperan. Más de 15 mil pescadores en el estado enfrentan este mismo reto cada temporada, obligados a reinventarse mientras regresan los días de captura.
En los muelles, las escenas se repiten: manos que sellan grietas, ojos atentos a motores desgastados, cuerpos inclinados sobre cascos que pronto volverán al mar. No solo reparan embarcaciones, también reconstruyen la esperanza de volver a salir, de regresar con redes llenas y mejores días.
Porque en Yucatán, incluso cuando no hay pesca, el mar nunca se abandona. Se cuida, se espera… y se trabaja, con la certeza de que siempre habrá un regreso.
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