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ASESINADO A BALAZOS DE CALIBRE .45

Julio Villarreal Arreola/ Redacción/ Sol Quintana Roo/ Sol Yucatán/ Sol Campeche/ La Opinión de México

(5/7 Partes)

Ciudad de México. – Sentenciada a 20 años de prisión, mientras José de León Toral—potosino, como el verdugo de Capdevielle—la religiosa conoció la cárcel de Belem, la de Mixcoac, la de San Angel, el Palacio de Lecumberri y las Islas Marías consideradas el “Infierno del Pacífico”, dizques destinados a los hampones incorregibles y desde luego a los “presos políticos”. Para protección, la monja se casó con el dinamitero Carlos Castro Balda, quien había puesto una bomba en la Cámara de Diputados, explosivo cuyo estallido no causó víctimas.

El Vaticano aprobó la boda—realizada el 8 de diciembre de 1934—y por escrito se autorizó a La Madre Conchita a ser sepultada con hábito y crucifijo cuando llegara su hora, privilegio que difícilmente se concedía:  la monja falleció el 30 de agosto de 1979, a dos meses y días de cumplir 89 años de edad.

El día 17 de julio de 1986, al cumplirse el 57 aniversario del asesinato de Obregón, murió por enfermedad Carlos Castro Balda, en su domicilio de la Avenida Alvaro Obregón, casualmente.  El cuerpo del viudo fue dejado caer, accidentalmente, por una escalera y se levantó un acta para iniciar una investigación en torno al percance, pues presentaba lesiones “post-mortem”.

El 21 de septiembre de 1927, como se denunció cada año en demanda de justicia a partir del primer aniversario del crimen, fue asesinado, cobardemente, a balazos de calibre .45, el joven pasante de Derecho, Fernando Capdevielle Oleata, frente a su domicilio de la Colonia Roma.

En las primeras investigaciones se supo que el joven había sido perseguido en otro auto, cuyas placas fueron identificadas como correspondientes al vehículo de un amigo de Gonzalo Natividad Santos Rivera, quien llegó a ser gobernador de San Luis Potosí.

Con presunto cinismo y en sus “Memorias”, Santos Rivera afirmó que como a los tres días empezaron ataques periodísticos, “después los ataques fueron abiertos, pero siempre anónimos, alimentados por los serranistas, que estaban en plena campaña contra el obregonismo y después más y más injurias, pero siempre anónimas. Nunca se me acusó por nadie que fuera responsable. Yo, después de la toma de posesión del general Cedillo, vine a México y me presenté en la Cámara de Diputados y renuncié a mi fuero para que me juzgaran.  Nadie me demandó en ningún Tribunal, ningún juez me citó.  Fui a la tribuna y dije que con motivos de esos ataques anónimos me consideraba sin fuero para ese caso, mientras fuera diputado, pero nadie me acusó legalmente”.

En otros párrafos del libro “Memorias”—Editorial Grijalbo, 1986—explicó que el ahora difunto “no estudiaba, era un fósil, traía buen automóvil…yo tenía dos años de divorciado y no tenía por qué pensar en llevar a cabo esta venganza porque la causante de estos hechos vivía en el extranjero y yo no sabía ni una palabra de ella ni quería saber. Dice un viejo adagio ranchero que el pez muere por la boca y eso es lo que le sucedió a este vividor, con ayuda del chismoso Lolo Lavanzat”.

“A Lolo Lavanzat lo echaron fuera de mi escolta mis ayudantes, como tenía muchos enemigos y lo vieron de capa caída, lo mataron en Reynosa, Tamaulipas.

“Los alborotos que me hicieron un grupo de estudiantes fueron movidos por los serranistas. Me platicaba años después el Tlacuache, licenciado César Garizurieta, que él fue el líder de ese movimiento, por hacer alboroto y porque era serranista, pero que a Capdevielle lo despreciaban los verdaderos estudiantes porque sabían que él no era auténtico y como tenía éxito de extorsionador, les presumía mucho a los estudiantes pobres. Hubo un grupo de estudiantes muy numeroso que encabezaba el pasante de Derecho, Miguel Alemán Valdez (hijo de mi amigo, ya para entonces muerto, general Miguel Alemán), que cuando se trataban estos asuntos en la Cámara, donde yo me defendía sin que nadie me acusara formalmente, que iban a aplaudirme y a vitorearme y en tumulto salían rodeándome de la Cámara.

“Por lo que respecta a los maestros Miguel Lerdo de Tejada, Tata Nacho, Esparza Oteo y Mario Talavera, hicieron declaraciones contraatacando a mis enemigos, y testificando que ellos, los músicos, habían estado conmigo en el teatro hasta después de la una de la mañana y el individuo falleció como a las diez de la noche. Bueno, a lo hecho, pecho”. ¿Alguien castigó por embusteros a los maestros músicos? Nadie.

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