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EDITORIAL

 

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Y ahora, la guerra

Fernando Irala/Sol Yucatán

De manera aparentemente súbita, ha estallado un conflicto que en realidad se incubó por décadas, y cuyas raíces más profundas se ubican en la historia de Rusia y Ucrania, dos pueblos de cultura paralela y entrecruzada a lo largo de muchos siglos.

La caída del sistema socialista, que se hizo manifiesta con el derrumbe del Muro de Berlín y se materializó con la desaparición de la extinta Unión Soviética, fue calificada de manera temprana y arrebatada como el fin de la historia, al aproximarse el cambio de centuria.

No fue así, pues lo que vino a continuación fue una época compleja, con estallidos bélicos y el destripamiento de varios países para dar lugar a nuevas naciones y distintos agrupamientos en la vieja zona de influencia soviética.

La propia potencia moscovita sufrió el desgajamiento de muchas repúblicas, antes orgullosamente socialistas, pero luego constituidas en estados independientes, autónomos y capitalistas.

El envejecido imperio estadounidense, autoerigido como dique de la antigua amenaza comunista, sintió la derrota de la URSS como victoria propia, y lo que siguió fue una tardía y absurda expansión de los dominios de la OTAN, la decrépita alianza militar cuyas siglas refieren al Atlántico Norte, y que en la coyuntura sus líderes ambicionan extender al Báltico, al Mar Negro e incluso al Caspio.

El gobierno ruso ha resentido por supuesto el embate, y al oponerse a que Ucrania ingrese al pacto militar de Occidente generó un conflicto que ha llegado hasta donde estamos.

Por supuesto es un principio que todos deseamos la paz y que a nadie debería convenir la guerra. Pero los llamados y las oraciones de poco sirven cuando lo que hay en juego son grandes intereses en los que se mezclan el comercio del petróleo y el gas y el intercambio financiero planetario.

Aunque no lo queramos, México está en medio de esos grandes intereses, y se torna una cuestión de sobrevivencia con el menor daño posible, un análisis claro del lugar que ocupamos y las alianzas que nos convienen.

En esta materia, tampoco sirve proponer abrazos en vez de los balazos.