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EDITORIAL

 

CONCATENACIONES

DE WASHINGTON A LA PENÍNSULA

DE WASHINGTON A LA PENÍNSULA

Washington – La desaparición de los 5 jóvenes en Lagos de Moreno y la aparición en plataformas cibernéticas del video con la presunta barbarie a la que fueron sometidos por sus captores, reafirma una triste realidad que nos transpira por los poros: estamos acostumbrados a los muertos.

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Por: J. Jesús Esquivel

Washington – La desaparición de los 5 jóvenes en Lagos de Moreno y la aparición en plataformas cibernéticas del video con la presunta barbarie a la que fueron sometidos por sus captores, reafirma una triste realidad que nos transpira por los poros: estamos acostumbrados a los muertos.

La indiferencia y ligereza con la que se han tomado desde Palacio Nacional, las autoridades estatales y municipales en Jalisco, al último ejemplo de lo que puede pasarle a cualquier persona que empieza a vivir y expone para nuestra vergüenza indiferencia a la tragedia ajena.

Victimizarse con el dolor de las madres de esos cinco jóvenes es el colmo del descaro político. La convivencia diaria de las tragedias relacionadas con la criminalidad y el narcotráfico nos tiene así.

Son miles y miles de personas las que han pasado por lo que pasan ahora las familias de los jóvenes que se desvanecieron en Lagos de Moreno.

La espectacularidad de un caso, por el horror que lo involucra, la incompetencia gubernamental y la promoción del dolor ajeno en la prensa y en las redes sociales que tiran para un bando y paro otro; nos muestra y describe a un México sin esperanza.

¡Unos más a la lista de tantos, qué pena! Suena descabellado pero es así.

La república se encuentra aterrada porque no hay espacio en ella que no haya sido afectado por la tragedia de los desaparecidos, asesinados, encajuelados, colgados, torturados, secuestrados y todo lo demás que nos tiene sin libertad y sumergidos en el miedo a ser los próximos.

Duele perder la esperanza de algún día volver a la normalidad de tener la libertad de salir a disfrutar la vida, como lo hacen los jóvenes y con más limitaciones y sabiduría; los no tan jóvenes.

El descaro de Felipe Calderón ante su ineficacia tras haber metido al país en el caos de una guerra militarizada contra el narcotráfico sin pies ni cabeza fue el primer síntoma de que; como sociedad nos estábamos acostumbrando a los muertos. Calderón lo logró, nos acostumbró a los muertos, al horror y a la barbarie. ¿Recuerdan los videos de Los Zetas descabezando a personas con motosierras? Es decir, a narcos matando a narcos. Frente a esto Calderón ni se inmutaba. Con un operador metido hasta el cuello con el Cártel de Sinaloa, Genaro García Luna, Calderón se encerraba entre botellas y como caracol en su concha.

Apareció la masacre de Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez, Chihuahua, (¿no la olviden?) y Calderón huyó por la puerta falsa.

El expresidente criminalizó a los adolescentes acribillados en una fiesta por narcotraficantes. Su error lo hizo tragar polvo y su gobierno empezó a hundirse, su partido perdió el poder ante las promesas de Enrique Peña Nieto de devolverle la tranquilidad a las familias y a México.

De pronto, ante un giro como el que se vivió en 2012, todos los criminales se volvieron narcos y Zetas. El modus operandi Los Zetas fue imitado a lo largo y ancho de la nación. Surtía efecto aterrorizar a familias con amenazas de secuestro. Soltaban dinero y rápido a simples bandidos que se hacían pasar por ser miembros de un cártel del narcotráfico que operaba coludido con las autoridades.

El sexenio de la muerte de Calderón quedó rebasado con el de corrupción de Peña Nieto. Los homicidios, secuestros y demás horrores relaciones a la criminalidad y narcotráfico siguieron, y en números superaron a lo vivido seis años antes.

Cansados, incompetentes y corruptos, los funcionarios de Peña Nieto se llenaron los bolsillos de nuestro dinero. Nos dejaron a la suerte de los delincuentes. Ejemplo de lo que digo es el incremento exponencial de los feminicidios y luego, para mayor dolor, el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero, nos desaparecieron a 43 jóvenes, estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Peña Nieto quiso cerrar el asesinato masivo y crimen de Estado con una mentira histórica.

Las promesas que desde el sexenio de Calderón venía haciendo Andrés Manuel López Obrador; acabar con la inseguridad, violencia, limpiar al país de corrupción y en paralelo; regresar a los militares a sus cuarteles para sacarlos de la guerra contra el narco se materializaron con su elección para encumbrarlo como presidente constitucional.

A la corrupción la sigue combatiendo López Obrador. Sus abrazos y no balazos no han dado los resultados esperados. La criminalidad ha empeorado en todos lados. Lo de Lagos de Moreno es un grano de la mezquindad que nos aqueja. Lo grave, fue la indolencia y que se victimizara el presidente ante uno de tantos horrores que vivimos diario.