Hoy EscribeRafael Loret de Mola

DESAFÍO

  • Insultos y Magos.
  • Lenguaje Corporal.

Rafael Loret de Mola/Sol Quintana Roo

Arthur Schopenhauer -1788-1860-, fue un gran filósofo alemán –nació y murió antes de las dos guerras mundiales del siglo XX-, cuyo legado se adapta aún a nuestro tiempo y es, acaso, un pionero en abordar temas tabúes que ahora recogen algunos de los más conocidos y siniestros manipuladores de conciencias, entre ellos Andrés Manuel el mandante-mandatario de México.

Una de sus obras, “El Arte de Insultar”, repasa las conductas de quienes hacen del sarcasmo un modelo excepcional para ofender sin mostrar el guante tal y como ocurre a eso que llaman “mañaneras” y yo califico como mentirosas. Es notable, en el caso de quien es el dirigente máximo de una nación, la capacidad de dividir y radicalizar a una sociedad a costa de ofensas, epítetos y descalificaciones soeces e incluso calumnias que en el caso de un jefe de Estado debieran estar acompañadas de las pruebas necesarias para sostener las afirmaciones; pero no es así en el campo burdo de batalla del llamado “mesías de Macuspana” –o “tropical”

como le llamó Enrique Krauze en uno de sus momentos más lúcidos-.

Escribió Schopenhauer sobre los periodistas con franco desprecio, retomado por los fascistas modernos:

“No se diferenciad del perro pequeño que, al más mínimo movimiento, empieza a ladrar fuertemente”.

Tal concepción, ofensiva por los cuatro costados, reniega del contrapeso significativo que contiene la libertad de expresión frente a los poderes públicos y a los de facto. Sin este elemento no habría posibilidad de defensa ante los abusos de poder en un escenario autoritario como el actual de la mano de la TTTT. Claro, el señor Arthur no vivió para sopesarlo.

Y surge entonces una terrible sentencia que puede llegar a las mayores alturas:

“Quien haya tenido a una tonta por madre, o a un dormilón por padre, jamás podrá escribir una Ilíada, aunque estudie en las universidades”.

Sin distingos de clases sociales y sin el menor atisbo sobre comunidades igualitarias, el autor plantea que la mediocridad se hereda y es como un gen que permea la vida de quienes, por ejemplo, siguen como borreguitos las

llamaradas de la demagogia barata; si hablamos de México ustedes saben muy bien cómo distinguir a unos y otros.

El remate es brutal:

“La tabla de salvación de cualquier pobre diablo que no tiene nada en el mundo de lo que sentirse orgulloso es enorgullecerse de la nación a la que pertenecen –o de la región o la entidad-; esto lo reconforta tanto que en agradecimiento está dispuesto a defender, con manos y pies, todos los defectos y disparates característicos de su nación” –o de quien es capaz de dominarla en su conjunto, agregaría yo para situarlo en el contexto actual-.

La antología del insulto, como la de la miseria de la manipulación, tienden a postrar a los seres sin más conciencia que la de su propia comodidad y cuyo refugio es, sin duda, el expresar sus ofensas para resguardarse de su imposibilidad de debatir a causa de su pobreza mental. Esta perspectiva es la de quienes, por ejemplo, aseguran estar seducidos por la palabra del icono para no ceder ante la realidad de que su conducción nos lleva hacia el abismo. No es necesario insistir en el nombre del falso dios terrenal.

Analicemos nuestro presente para entender lo que el insulto significa para resguardar a los falaces y a los

hombres en el poder sin argumentos serios y mentiras recurrentes. ¡Ya subió la gasolina!

La Anécdota

Llegaron los Reyes Magos y hay felicidad en muchos rostros infantiles aunque, por desgracia, no en la mayoría de ellos. Es curioso: quienes menos tienen son los que se muestran más contentos con lo poco que atesoran; y esta es una lección no asimilada por la sociedad de consumo.

Lástima que, a su paso por Palacio Nacional, los magos de oriente no se detuvieran para obsequiarle al huésped del mismo tres regalos más allá del oro, el incienso y la mirra:

1.- Un lenguaje corporal que no lo traicionara.

2.- Una lengua propia de un líder y no de una verdulera encendida –con perdón de las marchantas-.

3.- Una conciencia –como al hombre de plomo del Mago de Oz-, capaz de discernir entre sus ambiciones de perpetuidad y la repulsión de sus gobernados.

Con esto bastaría.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba