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DESAFÍO

Rafael Loret de Mola/Sol Quintana Roo

La mayor vergüenza que pesa sobre los hombros de Andrés Manuel, el presidente que dijo privilegiaría a los pobres con un gabinete para ricos, es el estigma de una corrupción al alza, incesante; solo aquellos muy ciegos, deslumbrados por las dotes del encantador de serpientes, no lo perciben así y acuden a la única salida posible según sus apretados criterios: asumir que en tres años y un mes no pueden superarse los lastres tremendos de un pasado ominoso.

Puede ser pero ello no justifica las propias desviaciones del régimen ni su tremenda negligencia en distintas áreas sociales sobre todo la de la salud, escarnecida por la ausencia de vacunas y el mito infame de las camas disponibles sin médicos que las atiendan ni insumos para facilitar a los pacientes el crudo camino hacia la liberación del coronavirus. Y ya vienen otras pandemias a decir de los expertos de la ONU; así estaremos para siempre sin que se enteren los López de la muerte.

He sostenido, además de lo anterior, que más daño hace el virus de la corona, esto es el ejercicio del poder con

claroscuros evidentes –más bien una negra noche, como cantaba Pedro Vargas-, adherido a la torpe idea sobre el aval de 30 millones de sufragios ahora notablemente diluidos salvo por cuanto mienten las encuestas a modo, bien pagadas desde la cúpula Ramírez Cuevas-Mitofsky sobre todo, contrarias a la percepción directa de las cosas a pesar de las limitantes impuestas por la pandemia; por fortuna hay otras formas de comunicación, la cibernética claro, que nos permiten el contacto virtual y una mayor cercanía con habituales y nuevas voces.

Lo que es tremendo es la carga de la corrupción, más patente durante el segundo año maldito que ya terminó, con engendros a quienes el presidente, contra sus propias promesas de combatirla y cesar con cualquier forma de impunidad, defiende aun a costa de su decreciente prestigio. Podríamos citar la notoria descomposición que surge de la defensa a ultranza, desde el trono presidencial, del nefasto Manuel Bartlett hijo de todas las perradas imaginables –incluyendo asesinatos y atracos contra la población inerme como en Tabasco, la entidad de AMLO abandonada por éste y su entenado de la CFE-, su hijo León, afortunado en la concesión de empresas y canonjías sin concursos de ninguna naturaleza. Las últimas adjudicaciones son del orden de 650 millones de pesos. Una bicoca.

Pero hay otros casos en el gabinete como ejemplo de la ingente corrupción: la señora Rosa Icela Rodríguez Velázquez, designada como titular de Seguridad Pública y de pasado sinuoso; y Delfina Gómez Álvarez, colocada al frente de la SEP desde su condición de “maestra de primaria” dicho así por su propio patrón con un dejo de orgullo; además claro de Martín tirilín tirilín y de Pío, Pío, Pío y los hijos del icono que son afortunados al obtener playas en Holbox, Quintana Roo, presuntamente “privadas”. Gobierno para los pobres.

También aseguró el mandatario en funciones –un nuevo Pinochet por la nariz en crecida tras cada mentira-, que sus familiares no estarán exentos de cumplir con las reglas de la 4T, esto es ni nepotismo ni protección salvo para su menor hijo Jesús. El píar –Pío, pío, pío- es tan estruendoso que llega a las puertas de sus hijos José Ramón y Andy, no sólo traficantes de influencias sino dueños de empresas cuyo éxito hubiese sido imposible sin los apoyos de papi. Y no olvidemos a Felipa, la prima de las grandes concesiones, incansable en su tarea de medrar con el erario.

¿Hay alguien, en su sano juicio, que pueda contradecir lo expuesto?

La Anécdota

En el Palacio del Ayuntamiento, allá por 2004, el entonces jefe de gobierno del Distrito Federal me hizo una confidencia:

–¿Sabes? Alegan que si lo mío con Salinas es personal; pues sí lo es.

–¿Por qué lo dices, Andrés?

–Porque Salinas es el jefe de la mafia y lucharé contra él para que mis hijos no crezcan en país de mafiosos.

Digo, hasta que ellos, el padre y los hijos, desplazaron a su predecesor y crearon su propia mafia.

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