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DESAFÍO

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Rafael Loret de Mola/La Opinión de México

Suele sucederme, desde hace tantos años que no recuerdo cuantos, que los esbirros de cada régimen de gobierno apenas señalamos hechos oscuros pretendidamente ocultos me hacen llover advertencias a veces grotescas y otras colocando mi cabeza bajo la Espada de Damocles. En otros tiempos y mientras corría el tiempo las dudas se disipaban y en buena medida constataban mis lectores que la razón me asistía y no a los pregoneros del gobierno quienes actúan como los medievales cobradores de tributos con todo y el ritual destinado a quemar cada palabra crítica. Eso me hacía superar mis posturas ante el poder.

Es un hecho, además, que el periodismo sin crítica se convierte en una parodia, en una especie de palenque de adulaciones o de propaganda boletinera sin el menor cuidado de ofrecer información verídica –y verosímil-, a los lectores, radioescuchas y televidentes. ¡Es tan sencillo ignorar las desviaciones de los mandantes en turno –no mandatarios como he explicado tantas veces-, simplemente silenciándolas o amoldándolas a los intereses “superiores”!

Por eso un sujeto tan execrable como Bartlett ha tenido tan larga vida política, de mudanza en mudanza partidista hasta pertenecer a la izquierda a la cual acuchilló en 1988.

Pese a lo anterior nunca había sido tan acusada la tendencia a defenestrar a los críticos como en este período malhadado de la 5TN –quinta tragedia nacional luego de los espurios imperios de Iturbide y el barbón de Miramar, las idas y venidas de Santa Anna, el porfiriato y la contrarrevolución de Victoriano Huerta hechos estos últimos vistos conjuntamente-, con enfurecidos embates cada vez que se señala alguna de las múltiples contradicciones y mentiras con las que amanece López Obrador. A menos mañaneras tendríamos más posibilidad de salvarnos de los pantanos de la incongruencia.

Hace casi un año el intocable Hugo López-Gatell, célebre por acuñar la frase más rastrera de la historia –“el presidente no es factor de contagio sino factor moral”-, escogida por mí como la sentencia del año, se fue de vacaciones en Huatulco, Oaxaca, con grata compañía y sin tomarse en serio lo de “quédate en casa” y no viajes salvo si se trata de un imperativo que frustró a muchos sus deseos de convivencia familiar por las Navidades. Lo señalé, primero gracias a “El Sol de Quintana Roo”, y no faltaron comentarios

tan estúpidos como “tiene derecho a descansar”, “lo merece por ser tan guapo”, “cada quien es libre de llevar o no tapabocas y de velar por su salud” –aunque no importe si se contagia a los demás, digo-, y “con su dinero –del erario- puede hacer lo que quiera”. Todas con el corte filoso de Jesús Ramírez Cuevas, secretario del mundo cibernético y de las granjas de bots –tal debiera ser su verdadero cargo-.

Se pretendía excusar al farsante, cuyo trabajo –tan duro- es mostrarse en las mañaneras, las vespertinas y una que otra nocturna, por su terrible incongruencia amén de que el ejemplo dado, por él y “su” presidente, con sus torpes alegorías sobre la libertad y los derechos humanos –no se puede prohibir ni la corrupción según se deduce de sus sentencias-, que anima a muchos a considerar su derecho a la movilidad y hacer escaso caso de la sanidad pública. Debiera el sujeto, en vez de recibir los cánticos de su porrista AMLO –“no estás solo, no estás solo”- ser sometido a proceso. Pero, por ahora, habrá quienes busquen llevarme a la hoguera por decirlo.

Ya veremos, al final de la manipuladora gestión, quién se pone el saco de “te lo dije” maquinando lo aportado por este crítico en la auténtica línea de fuego.

La Anécdota

Y mientras el responsable de mitigar la terrible pandemia se fuga con una señora de buen ver a las costas oaxaqueñas, ¿cómo se va a culpar a los millones de mexicanos que viajaron a otras ciudades –de Puebla a Tlaxcala, por ejemplo-, para ir a los centros comerciales abiertos, atascándolos, mientras en sus respectivas urbes permanecían cerrados. Fue asombroso el grado de irresponsabilidad generado por las incongruencias notorias de los López.

Pero no nos preocupemos: la CDMX tendrá más oxígeno –no para las “camas disponibles” sin médicos ni insumos-, gracias a la siembra en el patio Xicohténcatl del Palacio Nacional de un retoño de ahuehuete. Como AMLO no pudo con la pala fue Beatriz, la primera dama que dice no serlo pero actúa casi a la par que Marta Sahagún, quien con sus manos arrastró la tierra para tapar el pequeño agujero; y el presidente se quedó como el chinito del cuento: “no más milando”.

Y la historieta siguió y siguió… sigue.

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