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EDITORIAL

 

ISEGORÍA

IN MEMORIAM

EPISTOLARIO

DESAFÍO

  • ¿Qué es la Represión?
  • Tepetitán o SM Canoa

Rafael Loret de Mola/Sol Yucatán

Con frecuencia el señor López Obrador, el presidente que se ufana de ser el más popular de la historia e iniciador de una nueva transformación del país –Independencia, Reforma, Revolución y Morena-, asegura que con su llegada a la Presidencia varios de los males ancestrales del sistema político terminaron: la corrupción, como eje de las deformaciones, el belicismo y la represión. Nada de ello es cierto.

En materia de corrupción, esta se evidencia a través del nepotismo y la afinidad con sus compadres –entre ellos el execrable violador Félix Salgado Macedonio-, amén de sus socios como José María Rioboó, uno de los contratistas principales de su gobierno en el entonces Distrito Federal -2000-2005-, y con la misma línea en la gestión actual de Andrés, quien además es esposo de Yasmín Esquivel Mossa, la primera Ministra de la Corte designada, en marzo de 2019, con el aval de AMLO, claro, para cerrar el círculo de la más aviesa impunidad.  

Por cierto, la señora Esquivel de Rioboó, además de otro ministro amlista, Juan Luis González Alcántara, hicieron gestiones ante el Canciller Ebrard para viajar a USA para ponerse sus respectivas vacunas contra la COVID, como lo han hecho la mayor parte de los selectos miembros de la clase alta mexicana con caudales suficientes para pagarse el viaje y adelantarse así a los mexicanos no pudientes. ¿Gobierno para los pobres? Otra falacia más.

Hablemos igualmente de la represión que su sonsonete clásico –con grandes lagunas entre frase y frase-, Andrés menciona haberla finiquitado, respetando con ello la libre manifestación de las ideas y las marchas derivadas de ella. La falacia es tan grande como la rutina mentirosa de sus mañaneras. Y el 8 de marzo del ciclo pasado se evidenció más que nunca con la intromisión grosera de “las gacelas” –con entrenamiento militar-, destinadas a cubrir el vacío dejado por el Estado Mayor Presidencial disuelto porque el mandatario alegó tener al pueblo como único escudo. Nada más alejado de la realidad.

El blindaje a Palacio Nacional, con vallas altísimas que nadie sabe de donde salieron, con motivo del temor al vandalismo de las mujeres afrentadas o solidarias, y de muchos hombres también indignados por la farsa y negligencia oficiales, demostró que la intención no era preservar un “monumento histórico” sino convertir a la sede del Ejecutivo Federal, y además su residencia por capricho –bastante más austera era la otrora residencia oficial de Los Pinos que será seguramente rehabilitada cuando cese el período del farsante-, sino asegurarse de crear un búnker, como en el Tercer Reich, ad hoc con sus temores ante la paulatina reacción de la sociedad; tal indignó más a las marchistas y fue una provocación innecesaria porque atrás de la cerca –el muro pizarra porque sirvió para escribir los nombres de cientos de mujeres asesinadas-, se encontraba un escuadrón de mujeres en funciones de granaderas amén de los francotiradores apostados en el techo del inmueble icónico. Y este año fue mucho peor

El saldo fue de noventa y dos heridos, en su mayor parte mujeres y entre estas las policías, mientras AMLO insistía en que así se contuvo la violencia; esto es, con la represión aviesa. ¿O acaso merece otro calificativo la trampa hacia donde fueron conducidas las bravas mujeres cuyo rencor y odio son consecuencias de la barbarie contra ellas, una y otra y otra vez? Basta el apellido Salgado Macedonio, el del compadre, para darle a la fragua violenta el cariz político que exhibe al partido en el poder.

A los grandes males de México se suman, una vez más, la ignominia y los montajes con el sello de AMLO y no de los periodistas, de ambos géneros, agredidos.

 La Anécdota

En 2004 recorrí Tepetitán, municipio de Macuspana, Tabasco, entonces gobernado por José Rodrigo López Obrador, hermano de Andrés. Llegué hasta allí para indagar sobre el asesinato de otro de sus hermanos, José Ramón por la imprudencia del hoy presidente que tanto se parece a su antagonista, Carlos Salinas, hasta en sus traumas juveniles.

Recorrí calles y llegué a los antiguos almacenes de la familia, doce ocurrió la tragedia, y a la casona en la que habitaban abuelos, padres y hermanos de Andrés y este mismo. Poco a poco corrió la voz y, de pronto, observamos que una multitud nos seguía por las angostas calles aledañas a la ribera del río. Y recordé:

–El 14 de septiembre de 1968 –apenas dos semanas antes de la masacre de Tlatelolco- un abyecto cura de San Miguel Canoa –en los límites entre Puebla y Tlaxcala- arengó a la multitud por la llegada de unos jóvenes universitarios poblanos que paseaban por allí. Acabaron siendo linchados y su caso fue llevado al cine.

–Yo prefiero evitar ser actor de un drama parecido –alegó mi colaborador Juan Muñoz, mientras se estrechaba el cerco alrededor nuestro-.

Y apenas nos dio tiempo, el justo, para salir de la aldea. Las historias suelen repetirse cuando los tiempos de canallas se prolongan en Palacio Nacional.