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EDITORIAL

 

OTRAS INQUISICIONES

LOS CAPITALES

DESAFÍO

DESAFÍO

  • Reformas Sesgadas
  • La Caída de Nixon

Rafael Loret de Mola / Sol Yucatán

La reforma de 2014 al artículo 84 introdujo una moción para que el secretario de Gobernación ocupe el despacho presidencial, en caso de una ausencia definitiva del mandatario –cuando no se trata de la revocación de mandato-, en tanto el Congreso delibera y en un plazo que no se extenderá más de sesenta días. Ello ha dado a multitud de especulaciones acerca de si el actual titular del ramo, Adán Augusto López, pudiera ser estimulado, luego de la salida de Olga Sánchez Cordero, con miras a evitar una asunción indeseable para AMLO y considerando un posible retiro, por una ausencia definitiva debido a los problemas cardíacos o un indeseable atentado del presidente de la República.

No son pocos a quienes preocupa que el remedio salga peor a la enfermedad. No en este caso porque, sea por consenso o refugiado en los males que padece, la hipotética salida de López Obrador daría lugar, a través de la revocación, no a una crisis política incontrolable sino a la apoteosis popular consiguiente porque sería imposible imponer a un morenista, cualquiera, bajo sospecha de complicidad con AMLO. El incendio civil podría no ser grave si los legisladores lo previenen y admiten la opción de un personaje apartidista –o cuando menos lo más que se pueda-, como en los casos de sendos presidentes de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, ahora mancillada con la hermana putativa del presidente, y sobre todo del Instituto Nacional Electoral, éste último convertido en el único cotrapreso real al titular del Ejecutivo. 

El fin primario de la democracia es asegurar el gobierno del y para el pueblo, de acuerdo a la definición clásica; y en México ocurre precisamente lo contrario: se refuerzan los intereses corporativos y se aduce que los trabajadores carecen de respaldo alguno para imponer sanciones amorales a quienes reprimen a cuantos ejercen su libertad y son perseguidos por ello.

¿Qué hacen las empresas de comunicación masiva, por ejemplo? Únicamente medrar con la noticia; y de este hecho aberrante surge el imperativo de asegurar a los periodistas que avancen por el sendero de la crítica, constituyéndola en un legítimo contrapeso a los abusos de poder. Otro periodismo no tiene, por lo menos para este columnista, ni sentido ni destino. De allí que sea inocua la defensa de medios como MVS y Milenio –con su Multimedios-, o de Televisa y TV Azteca, empeñados en negar derecho alguno a los informadores por tratar de salvaguardar las desviaciones conceptuales de la “libre empresa” como si tal modelo posibilitara el destierro, la sumisión o la represión abierta a sus trabajadores que se sienten con libertad, porque esta es un derecho natural de los seres humanos, a expresar cuanto les consta y descubren. No entenderlo es encerrarse en una mentalidad fascista y terriblemente sesgada; igual a la de los terratenientes que fueron arrollados por la sed de justicia de los revolucionarios. Tengamos memoria para hacer frente a las falacias y derrotarlas.

En México ya nos cansamos de los cuentos de las “mil y una noches” –son más de tres mil en cuanto va de un sexenio en realidad-, y de la demagogia dentro de la cual se refugian, cobardemente, los integrantes de la moderna, intocable por ahora, aristocracia mexicana disfrazada de izquierdista.

De allí el juicio popular, espejo de la verdadera soberanía, la del pueblo en su conjunto, que condenó sin vericuetos la actuación presidencial. AMLO debiera ir a la cárcel; o se la cambiamos con su retiro de Palacio Nacional.

 La Anécdota

Durante el escándalo de Watergate, a través de dos años entre 1972 y 1974, fueron los periodistas independientes, Bob Woodward y Carl Bernstein, quienes fueron hilando, a través de “todos los hombres del presidente” –nombre de la cinta que recreó el hecho con Dustin Hofman y Richard Redford-, la trama que fulminó al mayor político estadounidense desde Roosvelt, Richard M. Nixon. No me caen bien los republicanos, pero reconozco los antecedentes de los citados. Por cierto, la cinta la vi, por casualidad, detrás de la butaca en donde se sentó Emilio Rabasa Mishkin, ex canciller mexicano y ex embajador de México en los Estados Unidos –lo fue, precisamente, durante el periodo final de Nixon-, y le escuché decir:

 Este hombre será valorado más por otras generaciones; no la suya.

No se cumplió del todo el aserto, aunque nunca se dio una satanización contra él, como la que suele ocurrir al fin de cada sexenio mexicano. Y es que, desde luego, al final de cuentas para los estadounidenses –el gentilicio aceptado por la Real Academia Española, por favor-, lo positivo de su actuación –la normalización de relaciones con China, por ejemplo, y el final de la devastadora guerra de Vietnam-, pesa más que el espionaje aunque los observadores piensan que un elemento distinto privó para condenarlo:

Sus gobernados –me dijo Carlos Loret de Mola Mediz-, podrán perdonarle el espionaje, pero jamás que haya sido un evasor de impuestos.