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EDITORIAL

 

DESAFÍO

LOS CAPITALES

Desafío

  • Mujeres y hombres fallidos

Por Rafael Loret de Mola

Desde siempre se ha cuestionado, a veces severamente, a quienes confunden los términos país, estado y nación, creyendo que son sinónimos a conveniencia de quien derrapa. No es así, claro, pero con los humos del poder suele darse que quienes gobiernan perciben ser el estado mismo, engendros de la nación y dueños, por tanto, del país. Y en esta disfunción terrible se enredan también aquellos pedigüeños de limosnas, esto es de las migajas oficiales, cuyo único fin es formar parte de las estadísticas como si se tratase de un foso para prevenir, desde los castillos, el ataque de los bárbaros, esto es de los críticos, dispuestos a derribar las murallas del desgobierno.

De allí la estúpida encomienda de Luisa María Alcalde Luján, quien ya vio pasar sus mejores tiempos, por tratar de explicar las razones por las cuales es necesaria una “ley de audiencias”, llamada así para vadear el término de “censura” más apropiado, por la cual los informadores deberemos contar con un supuesto “defensor” de la comunidad contra las falsedades que puedan emitirse; es como si se protegiera a un niño sin raciocinio aún para que no metiera las manos al fuego o, peor aún, prevenir que se contagien con la cercanía de las personas mayores. Vamos, como si un adulto no tuviera la capacidad de discernir sobre la verdad y la mentira y creyera de firme que lo mejor es ser tutelado por los manipuladores.

Así ocurre en el México de la 4T reacia a asumir responsablemente los errores cometidos para superarlos y asegurar un mejor destino para la comunidad en su conjunto. Al contrario: por la soberbia de los mandantes, él y ella naturalmente, se pretende descartar la posibilidad de que los mexicanos pensemos y nos informemos de cada versión sobre la realidad para sacar conclusiones firmes así sean contrarias al accionar de una administración pública que nunca explica cómo llegan a sus manos los dineros sucios ni por cuáles vías se endeuda más al país bajo el flagelo de la narco-política.

Ahora mismo, por ejemplo, la deuda de México duplica cuanto se pueda reunir de inversión pública y el crecimiento coquetea con el vacío del cero -no pude hablarse de decrecimiento en términos científicos, en medio de una letanía de pretextos absolutamente ridículos, tanto como la estupidez de analizar como un “ecosistema” de cuatro placas a la conjura de los críticos e informadores que no están de acuerdo con los acuerdos de un gobierno pueril, ocioso y manipulador por esencia.

Aquel llamado a la “honestidad valiente”, arenga de López IV, señor de la supuesta transformación gatopardista, quedó suplantada cuando alegó el mismo personaje que “todos los actos de corrupción” pasaban por el escritorio del presidente de la República; y nunca corrigió aceptándose tal como una severa dosis de hipocresía enajenante y enajenadora. Luego, con la señora Sheinbaum en su casona inmensa de Palacio Nacional -¿tendrá verdadera intimidad allí, aunque sea para bañarse?-, la sentencia perdura con el descarado afán de proteger a los criminales siempre que sean sus aliados, y lo son por borbotones.

Desde luego tal abre la interrogante acerca de si vivimos bajo un gobierno fallido o estamos rebosantes de mujeres y hombres fallidos. La diferencia puede ser tan menor que uno y otro conceptos pueden fusionarse para mostrar los hechos que asfixian a cuantos aspiran a vivir en libertad libres de los inventos de una dictadura felona capas de obligar a sus súbditos a registrar sus datos biométricos para poder acceder a las líneas celulares. Una moderna forma de control político, sin duda. 

Y sobre esta misma noción de la “nueva” realidad puede confundirse el escandaloso asunto del retiro de la visa a Andy, el hijo y testaferro mayor de su papi Andrés Manuel, cuya arrogancia no va a la par con la humildad de los candidatos -en este caso a una diputación-, que solicitan votos escudándose en las promesas y los obsequios llamados del “bienestar” solo para afines y nada más. En las dictaduras suele aplicarse la fórmula aristocrática de Luis XIV: “El Estado soy yo”.

También puede caerse en la legendaria sentencia de Carlos V -I de España-: “en mis dominios no se oculta el sol” porque, en el presente, todo lo que vemos está dominado por la aplicación gubernamental, reunidos los poderes en uno solo, omnímodo, y determinados las vergonzosas adhererencias de los órganos electorales cuyas decisiones, en el caso del Tribunal, son “inatacables”, el punto final de cualquier reyerta contra los fraudes comiciales aunque hayan sido evidentes… como ocurrió en 2024 con la cibernética controlada desde muy adentro.

¿Qué nos queda? El milagro de un presunto retiro de quien se hace llamar “presidenta” -con a, por supuesto-, antes de que termine septiembre? Parece utópico pero no lo es tomando en cuenta las reacciones del colectivo al paso de la ahora convertida de mandante en otra “rosa de las camelias” sentada en su lecho esperando el amor imposible, digamos del pueblo sabio avasallado miserablemente, cuando el tiempo pasa y se refleja en su rostro cuál si se tratase de una analogía de la decapitación.

Ella, la señora Sheinbaum, se sitúa así en el límite entre la dictadura y la tiranía; son distintas, sí, porque el segundo concepto marca la ruta de la sangre y la represión que ya comienza a despertar como el muro insalvable de la desvergüenza política. Anatema sea. Y AMLO, por cierto, no deja de hacer pataletas previniendo que el escarnio de las visas retiradas no avance más sobre sus herencias malhadadas y nepotistas en el primer plano de la corrupción.

El segundo anatema es para los mexicanos que la toleran.

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