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EL CALVARIO DE LA MADRE CONCHITA

Redacción | La Opinión de México | Sol Quintana Roo | Sol Yucatán | Sol Campeche | Sol Chiapas | Sol Belice | La Opinión de Puebla

(Cuatro de siete partes)

Ciudad de México. – El 23 de noviembre de 1927, exactamente dos meses después de aquella misa en que supuestamente “escuchó que el sacrificio de él y La Madre”.

«Conchita había sido aceptada”, el padre Pro cayó bajo las balas de la policía, en la Inspección que se ubicaba en lujoso edificio que fue demolido muchos años después, para construir ahí la Lotería Nacional, frente a la estatua del “Caballito”.

Al padre Pro le siguieron el ingeniero Luis Segura Vilchis, Humberto Pro Juárez y Juan Tirado Arias. Ahí comenzó el calvario de La Madre Conchita, sufrimiento histórico que posteriormente daremos a conocer por completo, en este espacio.

Los cuerpos de los ahora occisos fueron llevados al Hospital Militar y, sin dudar, acudió la Madre Conchita, para empapar un pañuelo con la sangre del sacerdote y, sobre todo, para decirle en voz baja: “No se olvide el compromiso, también deseo ser mártir”.

El grupo de monjas se cambió a Chopo 133, Santa María la Ribera y a fines de marzo de 1928, se conocieron ella y José de León Toral, gran amigo de infancia y juventud de Humberto Pro Juárez. En abril hubo otro cambio de domicilio y las religiosas regresaron a Zaragoza 68, Colonia Guerrero.

Una descarga eléctrica había matado al aviador Carranza y José de León Toral comentó a la Madre Conchita: “Cómo Dios no me da un aparatito para lanzar rayos y poderle enviar uno al general Calles, otro a Obregón y el tercero al patriarca Pérez”.

–Si Dios quisiera mandárselos, se los enviaría sin necesidad de aparatito, así como le mandó un rayo al aviador—expresó la Superiora.

En alguna ocasión, al término de una misa oficiada por el subversivo sacerdote José Aurelio Jiménez, José de León Toral, en el momento de la bendición, se desabrochó el saco y dejó descubierta, frente al altar, una pistola que había conseguido. Ahí nació el mito de que un sacerdote había bendecido intencionalmente el arma homicida.

El martes 17 de julio de 1928, por la tarde, José de León Toral (dibujante del periódico Excélsior) logró acercarse tranquilamente al general Obregón, durante un banquete en el restaurante “La Bombilla” y disparó seis veces a quemarropa contra el sorprendido político.

Brutalmente torturado para que “delatara al resto de los conjurados”—en sus pesadillas, los políticos mexicanos ven “conjuras” por doquier—fue engañado por el detective Valente Quintana (de los mejores investigadores en nuestro país), quien sutilmente le sugirió que mencionara a alguien que pudiera confirmar que era católico.

El dibujante y presunto homicida dio el nombre de Concepción Acevedo y De la Llata como “testigo de catolicidad” y la policía se encargó de que La Madre Conchita emprendiera el camino que, para unos, debería servir para su beatificación y, para otros observadores, debía funcionar como ejemplo de lo que no puede hacerse al amparo de la religión.

El 18 de julio fue arrestada con violencia en Zaragoza 68 y, ya en la madrugada del 19, llegó a la Inspección de Policía, donde se comprobó que era una fanática, pues en su amor por Cristo… se marcó en el pecho con un hierro al rojo vivo, lo que le costó severos reproches de sus superiores y una postración grave por la quemadura.

Cuatro días con sus noches fue obligada a permanecer de pie, se le amenazaba con violación tumultuaria. Exactamente el día de su cumpleaños 37, ella y José fueron sometidos al inicio de un jurado popular, donde fue agredida con bestialidad la monja y a José de León le arrancaron cabello y trataron de estrangularlo algunos partidarios de Obregón, tan brutales como el potosino célebre.

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