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EL CENTAURO DEL NORTE

  • Un nuevo preso dio mayor celebridad al ya de por sí temible Palacio Negro; se trató de José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como el temido revolucionario “Pancho Villa”.

Redacción | La Opinión de México | Sol Quintana Roo | Sol Yucatán | Sol Campeche | Sol Chiapas | Sol Belice | La Opinión de Puebla

(Tercera de siete partes)

Un nuevo preso dio mayor celebridad al ya de por sí temible Palacio Negro; se trató de José Doroteo Arango Arámbula, mejor conocido como el temido revolucionario “Pancho Villa”, quien por órdenes del dictador José Victoriano Huerta Márquez fue detenido y confinado por varias horas en la crujía “L”.

Antes de mediodía fue trasladado a la cárcel de Santiago Tlatelolco y todo apuntaba a qué por órdenes del general Huerta, se le formaría Consejo de Guerra y se le fusilaría.

Sin embargo, de nueva cuenta solo duró unas horas en dicha cárcel, pues se dice que ayudado por algunos de sus seguidores que también estaban en prisión, escapó sin que nadie supiera la manera como lo hizo.

Al respecto, nadie hizo escándalo por la fuga e incluso los detalles de dicha evasión son y tan vagos y que ni siquiera figura en la historia de Lecumberri ni de Tlatelolco.

CARGO HASTA CON EL PERICO

El adagio popular de “cargó hasta con el perico”, fue una deformación de hechos verídicos protagonizados por Luis Romero Carrasco, quien en venganza porque su tío Tito Basurto, dueño de la pulquería “Las Glorias de Gaona”, localizada en el barrio de La lagunilla, lo despidiera de su cargo de jicarero por borracho y abusivo, ya que en varias ocasiones se apropió del dinero de la cuenta.

Furioso, Luis Romero quien juró vengarse, abandonó el local y le advirtió a su tío que regresaría a matarlo, por la humillación que había sufrido frente a sus amigos.

Así de simple, había decidido matarlo y robarlo.

Durante varios días vigiló la casa, ubicada a espaldas del negocio y cuando creyó que su tío estaba solo se metió dispuesto a todo. Al señor Basurto lo sorprendió en su recámara y, prácticamente, lo coció a puñaladas, pero ante los gritos de auxilio corrieron presurosas dos de sus tías y dos sirvientas.

Pero su presencia solo sirvió para enfurecer aún más a Luis, quien arremetió a cuchilladas contra las mujeres y convirtió aquello en una carnicería.

Ya sin testigos, se tomó el tiempo necesario para buscar en toda la casa apoderándose de todo lo de valor, incluso de una caja fuerte que contenía millón y medio de pesos, una fortuna incalculable en aquellos tiempos.

Cuando salía con el botín, dejando atrás una estela de sangre y muerte, escuchó que lo llamaban por su nombre. Regresó para acabar con el intruso y fue cuando se dio cuenta de que se trataba del perico de su tío, aun así, ante el temor de que fuera descubierto por el parlanchín loro, también lo mató a cuchilladas.

Se hicieron las investigaciones y su captura resultó sencilla, toda vez que Luis se dedicó a derrochar el dinero a manos llenas, por lo que fue ubicado y detenido.

El terrible crimen se conoció públicamente y el pueblo, cada vez que alguien se excedía en sus crímenes o robos o cualquier delito, aplicaban al dicho de: “Cargó hasta con el perico”.

Luis fue llevado inicialmente a la Penitenciaría de Lecumberri y posteriormente trasladado a las Islas Marías, donde a los pocos días fue acribillado a tiros por los guardianes que lo descubrieron cuando pretendía darse a la fuga.

PROSTITUCIÓN A DOMICILIO

Por muchos años, el “Palacio Negro de Lecumberri” representó un filón para algunos empleados y funcionarios, así como para buen número de damas de la vida galante que los fines de semana vestían sus mejores galas y se esmeraban en su arreglo personal, pero no para trabajar en las zonas de tolerancia de aquellos tiempos, como Rayón, Callejón de los Pajaritos, Órgano, Peñón y otros puntos del Centro Histórico.

El punto de reunión de las mujeres era la penitenciaría, a la que llegaban puntualmente todos los sábados y domingos para, mediante una cuota de 50 pesos (estratosférica cantidad en 1950), ingresar a la prisión sin ninguna dificultad.

Así, las celdas se convertían en escenarios de verdaderas bacanales y orgías, lo mismo con reclusos que con celadores y hasta funcionarios de alto nivel que también exigían su “cuota” en especie para hacerse disimulados.

Las suripantas obtenían pingües ganancias y fácilmente reponían con creces lo invertido, ya que no solo vendían amor, sino también licor, drogas y hasta armas.

CHILES RELLENOS CON MARIGUANA

Referente a las drogas, el hampa siempre se ha caracterizado por emplear las más insólitas artimañas para meterlas a la cárcel, contando en una gran mayoría con la complicidad de los guardianes.

Los días de vista era común observar cómo llegaban los familiares de los reos con una extensa variedad de exquisitos platillos, para hacerlos olvidar el tradicional “rancho” del penal que tenían que comer los presos durante su reclusión.

De esa manera, figuraban deliciosos guisos, principalmente los chiles rellenos, huatzontles, peneques, albóndigas, pescados asados y otros suculentos platillos, pero siempre aderezados con algún relleno.

Y ahí era precisamente en los huecos, habilidosamente escondían la mariguana, droga de mayor consumo en aquel tiempo, o bien cocaína o heroína, estupefacientes solo para reos de elevado poder económico.

Los que se convertían en verdaderos gourmets (expertos catadores de platillos), era los celadores qué con el pretexto de revisar la comida, se daban opíparos banquetes, pues tenían que comprobar personalmente que los platillos no llevaran escondida ninguna droga.

HERMOSAS “BURRITAS”

En otras ocasiones, el sistema empleado para introducir era diferente, merced a la manera como se llevaban a cabo las revisiones en principio.

La inspección corporal la realizaba personal masculino, por lo que una mujer no podía ser revisada estrechamente, lo que era aprovechado por las visitantes que introducían la droga escondida en sus partes íntimas.

Como no daban con la solución para evitar el tráfico de drogas, los directivos del penal intensificaron la vigilancia, cambiaron de táctica y descubrieron la manera como era metida la droga a la cárcel.

Se formó un grupo especial de inspección y revisión, formado única y exclusivamente por mujeres celadoras a las que encargaron llevar a cabo las revisiones más a fondo.

De esa manera, detectaron decenas de casos en los que descubrieron que las visitantes llevaban escondida la droga en pequeños tubos metálicos que se metían en la vagina e incluso en el recto.

Aparentemente, se había dado con la clave para evitar ese tipo de tráfico, pero de todos modos siguió entrando gran cantidad de enervantes al penal, incluso al paso de los años cambió el nombre de “burras” o “mulas” por el de “camión de aguacates.

Los presos escuchaban que había llegado el “camión con los aguacates”, que no era más que el mismo sistema, a diferencia de que la droga era oculta en pequeños envoltorios, del tamaño de un aguacate, que también escondían en sus partes íntimas.

HUÉSPEDES DISTINGUIDOS

Entre los presos “célebres” estuvo el narcotraficante norteamericano John Grossman, apodado “El Mil Caras”, quien se hizo la cirugía plástica en más de 20 ocasiones para eludir a la justicia.

El truco si le funcionó en muchas ocasiones, pero siempre lo perdió su debilidad por los cabarets lujosos, el buen vino, la ropa fina y las mujeres bellas, ya que los agentes, sabedores de las aficiones del “Mil Caras”, enfocaban sus baterías a identificar a los clientes más distinguidos de los tugurios de moda y así, fácilmente terminaban por localizar a John y lo regresaban a chirona.

LEÓN TROSTKY

El 22 de agosto de 1940 fue asesinado con un piolet el organizador del Ejército Rojo, León Trostky. ¿Su asesino? Un sujeto de origen moscovita, miembro de la KGV (Policía Secreta de la Unión de Repúblicas Socialistas -URSS-), quien aseguró ser de nacionalidad francesa.

Durante el juicio, el asesino dijo llamarse Jacques Monard, Frank Jackson y Ramón Mercader, como el crimen tuvo un cariz político, el autor fue confinado inicialmente en una celda especial de una cárcel en Coyoacán, jurisdicción donde se cometió el asesinato, ya que se temía que fuera víctima de un atentado si lo llevaban al Palacio Negro de Lecumberri.

No obstante, luego de varios meses fue transferido a la citada penitenciaría, donde permaneció recluido durante más de 20 años hasta que finalmente fue puesto en libertad luego de compurgar su pena.

Al quedar libre, emigró a Europa donde se le perdió la pista por varios años, para luego ubicarlo en España donde se hacía pasar como el empresario Jacques Monard. Posteriormente, se fue a Cuba, en dicho país murió en 1978, a la edad de 65 años.

DAVID ALFARO SIQUEIROS

Uno de los principales pintores muralistas de México, José de Jesús Alfaro Siqueiros, mejor conocido como David Alfaro Siqueiros, recalcitrante luchador socialista-comunista, se vio implicado con antelación al crimen cometido por Ramón Mercader, en dos atentados en contra del “León Rojo”, León Trostky.

Por dichos sucesos fue encarcelado a principios de 1940, en el temible Palacio Negro, donde plasmó en increíbles murales tanto los ideales de su lucha política como los horrores y atrocidades que vivían los reos en dicha prisión.

En la actualidad esas obras, plasmadas en los muros del Palacio Negro de Lecumberri, son consideradas como verdaderos tesoros de lo que al paso de los años se convertiría en el Archivo General de la Nación.

PANCHO VALENTINO

El luchador técnico “limpio”, José Valentín Vázquez Manrique, alias “Pancho Valentino”, campeón mundial de peso completo de lucha libre fue aquel asesino que mató al padre Juan Holand Tavernier, en 1957, en la capilla de la Virgen de Fátima, en la colonia Roma, cuyo crimen le valió el mote de “El Matacuras”.

Fue detenido y encarcelado como responsable de la muerte del sacerdote católico, por estrangulamiento.

Previamente se puso de acuerdo con varios cómplices, entre ellos otro luchador de nombre Pedro Linares Hernández, “El Chundo”, para asaltar la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima, situada en el número 107 de la calle Chiapas, en la colonia Roma.

Cuando se daban al saqueo del templo religioso fueron descubiertos por el Padre Holand, quien trató de salir corriendo para pedir ayuda.

El luchador, de más de 120 kilos de peso, simplemente se limitó a interceptarlo y a aplicarle un “candado”, solo que el cura era extremadamente delgado y no soportó la presión al cuello y murió estrangulado.

Al ser capturado meses después del asesinato, aceptó haberlo matado, pero argumentó que no quería que muriera, solamente había tratado de impedir que saliera del templo a pedir auxilio.

Fue enviado a la penitenciaría donde permaneció varios años, hasta que fue llevado también a las Islas Marías donde también intentó asesinar al padre Juan Manuel Martínez, conocido como “El Padre Trampitas”, un sacerdote que voluntariamente quiso vivir en las Islas Marías para predicar el Evangelio.

Era un sacerdote católico alegre, dicharachero, que decía oficiar misas entre rezos y mentadas de madre, dada la especial feligresía que conformaban su grey.

Uno de sus lemas preferidos, cuando se veía en peligro ante los mismos presidiarios, era: “Nada te turbe, nada te espante, miéntales la madre y sigue adelante”.

Pancho Valentino, quien quiso asesinar al Padre Trampitas, al tiempo que lo amagaba con una punta y le gritaba que él era el “Matacuras”, finalmente cayó de rodillas y terminó por pedir perdón.

Años después moriría apuñalado en la Isla María Cleofas, con lo que se confirmaría una vez más que el que a hierro mata, a hierro muere.

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