- Entre la inestabilidad política y el miedo a la debacle económica, ocho de cada diez empresarios prefieren esconder sus ahorros bajo el colchón antes que arriesgar un sólo peso en el Yucatán de Joaquín Díaz Mena.
- La burocracia estatal instaura su propia maratón oficial: casi seis de cada diez negocios malgastan hasta 176 horas al mes en el sublime arte de coleccionar sellos y llenar formatos obsoletos.
- Un abismo insalvable sepulta la gestión de Díaz Mena con un raquítico 11.7% de aprobación, mientras el municipio de Mérida le da una clase de gobernanza al mantener un sólido 67% de respaldo.
Redacción/Sol Yucatán
Hacer negocios en la era de Joaquín Díaz Mena es un deporte de extremo alto riesgo donde el único premio es un trámite infinito. Con un rotundo 80% de empresarios prefiriendo guardar sus centavos debajo del colchón antes que invertirlos en el estado, Yucatán ha descubierto la fórmula mágica para espantar al dinero.
Dicen que la burocracia estatal no frena el progreso, sólo lo saborea con lentitud artesanal. Perder 176 horas al mes llenando formatos no es un descuido, sino la estrategia oficial para que los inversionistas ejerciten la paciencia mística. Seis de cada diez comercios viven atrapados en un laberinto de sellos y ventanillas, demostrando que la mayor obra pública de esta administración ha sido levantar un muro gigante de papel carbón.
En el Palacio de Gobierno parecen convencidos de que las vacantes de empleo se crean solas o crecen en los cenotes. Mientras David Reyes Aguiar avisa que hay ocho de cada diez puestos congelados, en la cúpula estatal celebran que los termómetros marquen fiebre porque así se ahorran la calefacción.
El raquítico 11.7% de aprobación a la gestión estatal es un logro histórico en el arte de incomodar al sector productivo. Sin infraestructura eficiente ni apoyos reales, la administración de Díaz Mena demuestra que se puede tener a todo un gremio de acuerdo, aunque sea únicamente para reprobar al Ejecutivo. La falta de rumbo político convirtió el «Renacimiento Maya» en una siesta burocrática de seis años.
El gran chiste del mapa político se cuenta solo: cruzar la calle en Mérida es pasar del limbo al paraíso. Mientras el Ayuntamiento ostenta un cómodo 67% de aplausos, el Palacio de Gobierno se conforma con el aplauso de sus propios pasillos. Queda claro que mientras en el municipio intentan gobernar, en el Estado prefieren dar cátedra sobre cómo convertir la confianza empresarial en un auténtico mito urbano.
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