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EL SAPO: DELINCUENTE MÁS CRUEL Y SANGUINARIO DE SU TIEMPO

Redacción/La Opinión de México/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche

(Tercera de siete partes)                                              

Ciudad de México.- Ahí conoció a José Ortiz Muñoz, alias “El Sapo”, apodo impuesto por sus características físicas, ya que era chaparro, gordo y de ojos saltones. Fue condenado inicialmente a 28 años de cárcel y después a 40 más, tras el asesinato de Isidro Martínez García, un migrante cubano ultimado a puñaladas.

Se trataba de uno de los delincuentes más crueles y sanguinarios de su tiempo, a quien se le atribuían, sin comprobar, más de 100 asesinatos, siendo su primera víctima un compañero de la escuela primaria a quien le clavó en el pecho un compás.

Se supo que “El Sapo” estaba al servicio del Gobierno para hacer algunos trabajos, cuya finalidad era acabar con los enemigos de algunos generales postrevolucionarios, para lo cual lo dotaron con el mejor armamento.

En cierta ocasión, Ortiz Muñoz llevaba una ametralladora que disparó indiscriminadamente sobre los integrantes de una marcha de inconformes, lo que derivó en decenas de muertos.

Ya en el penal de las Islas Marías, el ya entonces “Padre Trampitas” y “El Sapo” coincidieron en el cementerio del penal, cerca de la tumba de uno de los pocos amigos del despiadado criminal. Ambos se sentaron sobre un sepulcro y el sacerdote le preguntó si quería confesarse.

-Sí, respondió José.

– ¿Cuáles son tus pecados?, le preguntó.

– ¡Todos! fue la respuesta de Ortiz Muñoz.

El sacerdote le preguntó qué oraciones sabía rezar para darle una penitencia, pero “El Sapo” respondió que ninguna.

–“No te preocupes, yo haré la penitencia por ti, pero me gustaría que este domingo asistieras a misa”, dijo. Desde aquel día “El Sapo” aprendió a rezar, jamás faltó a misa y ambos se volvieron grandes amigos.

José nunca dejaba un enorme machete con el que se defendía, hasta que lo convenció el cura de dejarlo, ya que si iba a cambiar tenía que hacerlo de manera completa.

Así lo hizo José, pero al poco tiempo y al verlo desarmado, y con una actitud diferente, sus enemigos que no eran pocos, le tendieron una celada y lo destrozaron a machetazos.

El padre Juan Manuel se sintió en parte culpable de la muerte del “Sapo”, por lo que pidió que al morir fuera sepultado junto con su amigo.

“El Padre Trampitas”, además de su misión sacerdotal, en la pequeña capilla del penal más grande del país, ayudó a que muchas personas y sus familias se adaptaran a un nuevo modelo de vida y se habla de miles de bautizados y convertidos a la fe cristiana.

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