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EDITORIAL

 

Fausto Corrales y su intento de sobrevivir en el anonimato de CDMX 

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Por Sandra Romandía

La detención de Fausto Corrales, el joven abogado y sombra de Héctor Melesio Cuén, ha dejado de ser solo un caso de encubrimiento para convertirse en un espejo de la brutal realidad mexicana: un escenario donde los cárteles no solo dictan quién muere, sino quién vive para narrar la historia que ellos mismos escriben bajo amenaza. Mientras la Fiscalía lo coloca en el centro de la escena como un presunto implicado, las sombras de su relato —teñidas de un miedo insuperable y una coacción criminal que lo obligó a sobrevivir en las márgenes de la clandestinidad— plantean una pregunta incómoda para el Estado: ¿cómo distingue la justicia entre un cómplice voluntario y un sobreviviente atrapado en un juego de poder donde el silencio no es una decisión, sino la única ruta de escape para no convertirse en una víctima más?

¿CUÁL ES LA HISTORIA?

EMEEQUIS.– Hay historias que uno decide no publicar cuando las conoce. No por falta de información, sino porque hacerlo puede costarle la vida a alguien. Esta es una de ellas.

Hace unos meses escuché y luego documenté la historia de un joven abogado de 32 años que intentaba desaparecer sin dejar de existir. Originario de Culiacán, de tez blanca, cabello oscuro y un rostro que aparentaba menos edad de la que realmente tiene, había dejado atrás su estado y vivía discretamente en la Ciudad de México. Algunas personas lo veían comer solo en restaurantes de la colonia Juárez, de Polanco o de la Roma; especialmente en lugares de mariscos, lo mas parecidos a su tierra natal. Lo describían inquieto, terminando rápido sus alimentos, mirando constantemente hacia la puerta, como quien nunca deja de calcular una ruta de escape. No era la actitud de alguien que huye de la justicia; era, según quienes convivieron con él, la de un hombre convencido de que podía morir en cualquier momento.

Ese hombre era Fausto Corrales.

Mucho antes de que la Fiscalía General de la República lo presentara como un presunto implicado en el caso del asesinato de Héctor Melesio Cuén, distintas fuentes me contaron que Fausto vivía bajo una narrativa completamente distinta. Se asumía como un sobreviviente, decía cargar con un trauma que intentaba procesar mediante atención psicológica y había buscado, sin demasiado éxito, reconstruir su vida e incluso regresar al ámbito académico. Recién casado unos años antes, vivía separado de su familia porque permanecer cerca de ellos significaba exponerlos. Esa historia nunca la publiqué porque revelar su ubicación o su situación podía ponerlo en mayor riesgo. Hoy, tras su detención, esa versión merece formar parte del debate público.

De acuerdo con las personas que conocieron de primera mano el relato que Fausto sostuvo durante todo este tiempo, él acompañó a Héctor Melesio Cuén el día en que ocurrió el encuentro que terminó con la privación de la libertad de Ismael «El Mayo» Zambada. Su versión, insisto, la versión que él habría narrado estos meses con quienes lograba tejer algo de confianza, sostiene que el homicidio de Cuén no formaba parte del plan original de los Chapitos. Según ese relato, el disparo ocurrió durante un forcejeo y fue precisamente ese desenlace inesperado el que desató una cadena de decisiones improvisadas para encubrir lo ocurrido.

Siempre de acuerdo con esa versión, Fausto habría sido obligado por integrantes del grupo criminal a llevarse el cuerpo y permanecer durante varias horas con él mientras recibía instrucciones. Después le habría ordenado trasladarse al sitio donde posteriormente se intentó construir la versión del supuesto intento de asalto que, con el paso de los meses, terminó por derrumbarse frente a las evidencias conocidas públicamente. La advertencia habría sido sencilla y brutal: obedecer o morir.

Ese relato explica, al menos desde la óptica de quien lo contaba, por qué seguía con vida. Según las mismas fuentes, Fausto no fue asesinado porque existía un cierto respeto hacia el círculo cercano de Cuén y porque él no representaba una amenaza inmediata para quienes controlaban la situación.

Ahora la Fiscalía cuenta otra historia. La institución lo presenta como un presunto implicado y será el proceso penal el que determine si existen elementos suficientes para acreditar responsabilidades.

También hay otra lectura que no debería descartarse: la urgencia del Estado mexicano por recuperar una pieza capaz de reconstruir lo ocurrido aquel día. Después de que el gobierno dejó ir al piloto que trasladó a El Mayo Zambada a Estados Unidos, resulta razonable preguntarse si Corrales adquiere ahora un valor extraordinario no sólo como imputado, sino como testigo. Alguien que estuvo ahí, que vio y que podría aportar información sobre una historia de la que México todavía conoce fragmentos.

No me corresponde absolverlo ni condenarlo, pero sí plantear una pregunta que trasciende este caso y que en México cada vez resulta más frecuente:

¿Cómo distingue el Estado a un cómplice de un sobreviviente cuando el crimen organizado gobierna mediante el miedo?

Porque la realidad rara vez se parece a los expedientes. En regiones donde los cárteles ejercen un poder de facto, hay personas que participan voluntariamente en actividades criminales, pero también existen otras que actúan bajo una amenaza inmediata contra su vida. El derecho penal incluso reconoce figuras como la coacción o el miedo insuperable porque entiende que no toda conducta realizada en un contexto de violencia nace de una decisión libre.

Quizá Fausto Corrales terminó incurriendo en contradicciones, quizá cometió delitos que hoy deberán acreditarse ante un juez, o quizá parte de las conductas que hoy se le imputan fueron realizadas bajo una presión que pocos podrían imaginar. Eso tendrá que demostrarlo la Fiscalía con pruebas, no con presunciones.

Lo verdaderamente inquietante es que México se ha convertido en un país donde la línea que separa a una víctima de un imputado puede ser extraordinariamente delgada. Los cárteles no sólo asesinan; también reclutan, intimidan, obligan, utilizan y, cuando les conviene, dejan vivos a ciertos testigos para convertirlos en piezas de una historia que ellos mismos escriben bajo amenaza.

Tal vez Fausto Corrales sea culpable; tal vez sea, al mismo tiempo, un sobreviviente. Ambas posibilidades no necesariamente se excluyen, y quizá ahí radique la mayor complejidad de este caso: entender que, cuando el crimen organizado sustituye al Estado, incluso seguir con vida puede convertirse en el primer paso para terminar sentado en el banquillo de los acusados.

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