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EDITORIAL

 

DIARIO EJECUTIVO

LA COSTUMBRE DEL PODER

LOS CAPITALES

OTRAS INQUISICIONES

ISEGORÍA

SERGIO GÓMEZ MONTERO / SOL YUCATÁN

¿Qué va a cambiar?

a los hombres veloces

y muertos de dolor y miedo

que a mi lado saldrán a la calle

y no alcanzarán a mirar las orillas del mundo

F. P. Urondo: “No tengo lágrimas”

Crecen, se multiplican sin cesar las relaciones perversas entre una América Latina cuyo panorama es sombrío y unos Estados Unidos que, con todo y su decaimiento pandémico, siguen siendo la opción más cercana de una vida menos sacrificada y más cercana que la que hoy soportan, como ahora, una vez más, nos lo muestran los miles de hondureños y salvadoreños que marchan buscando una vida menos ruin rumbo al norte, tratando de acercarse lo máximo posible al territorio anhelado del american way of life como única opción viable de vida y configurando así, por decreto, la realidad actual de la región. Es, pues, esa tragedia la que hoy configura las relaciones entre México y Estados Unidos y hace que, por lo tanto, esas relaciones de naturaleza múltiple desde años atrás –desde principios del XIX hasta hoy– se hayan vuelto, ahora en particular, complejas. ¿De dónde esa complejidad? De un principio muy sencillo: porque, a diferencia de los años anteriores, no hay comunión de intereses entre los dos países vecinos, y de allí, pues, que las relaciones hoy hayan adquirido un grado de complejidad que no lo tenían años antes, cuando por la buena o por la mala –los Tratados de Bucareli– el gobierno de México tenía que seguir, a fortiori, lo que el gobierno de Estados Unidos se le ocurriera mandar respecto a esas relaciones. No hubo nunca –con excepciones como El Álamo o la invasión de Veracruz–, diferencias muy sensibles. Pero parece que hoy no es lo mismo. Las relaciones entre los dos países tienden a ser diferentes, particularmente complejas. ¿Por qué razón? Por una cuya enunciación es sencilla, pero que otorga un dejo de complejidad marcada a esas relaciones: es decir, los poderes fácticos de ambas naciones están reclamando una participación que antes no tenían –o podía canalizarse por medio de ambos gobiernos–, con objeto de defender sus intereses, que no se reducen, obvio, con la migración, sino que hoy se han multiplicado a grado tal que abarcan campos tan diversos como lo judicial, los derechos sanitarios, el narcotráfico, el tráfico de armas o lo policiaco, en donde, precisamente, los poderes fácticos quieren intervenir de una manera evidente, pues no están satisfechos con lo que está sucediendo (que lo digan la DEA, el FBI, los ejércitos de ambos países, entre otros). ¿Por qué las relaciones entre AMLO y Trump fueron aparentemente tan tersas, después del chantaje de los aranceles para imponer a México el papel de país tercero en discordia en cuestiones migratorias sur-norte, dejando al ejército y a la Guardia Nacional de vigilantes y represores permanentes de la migración en nuestra frontera sur? Porque, en el fondo, la estrategia de ambos gobiernos coincidía: atacar la corrupción y la impunidad en nuestro país, para que poco y poco a poco las condiciones de vida de la población pobre de México se modificaran y cesara así, poco y poco a poco, el flujo migratorio de connacionales hacia el norte (una condición de sobrevivencia para el T-MEC) disminuyera para ser contenido por el muro de risa que ordenó levantar Trump. A esa estrategia se tuvieron que sujetar los poderes fácticos de ambos países. Y he ahí, pues, la pregunta: ¿con el cambio de gobierno en Estados Unidos (de Trump a Biden, si los chacales no dicen otra cosa) seguirá vigente la misma estrategia?
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