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ISLAS MARÍAS, EL INFIERNO-PARAÍSO 

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  • En medio de terrible sensación de destierro definitivo, alaridos de reos columpiados como señuelo de tiburones, acordes vespertinos de melancólicas guitarras, antiguas torturas, leyenda de presos “políticos” y una que otra fuga “imposible” 

Redacción/Sol Quintana Roo (Primera de siete partes) 

Ciudad de México.- En medio de terrible sensación de destierro definitivo, alaridos de reos columpiados como señuelo de tiburones, acordes vespertinos de melancólicas guitarras, antiguas torturas, leyenda de presos “políticos” y una que otra fuga “imposible”, el centenario penal de las Islas Marías es calificado aún como el infierno-paraíso. 

Los datos nos fueron entregados por el licenciado Javier Piña y Palacios, destacado elemento de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, pues afirmaba, “el material reunido desde 1932 a 1970, puede ser aprovechado por algún estudioso”. 

Descubiertas a fines de 1526 o principios de 1527, por los conquistadores Diego García de Colio y Juan de Villagómez, fueron denominadas “San Juanito”, “María Madre”, “María Magdalena”, y “María Cleofas”. 

Nadie pudo imaginar que se explotarían sus riquezas y finalmente, el 5 de mayo de 1862, (Ignacio Zaragoza y sus hombres vencieron a los franceses en la histórica batalla de Puebla), mediante acta notarial, el general José López Uraga, fue declarado propietario de las Islas Marías supuestamente para corresponder y remunerar los buenos servicios “que había prestado a la Nación en todas las épocas de su carrera y en todos los empleos que sirvió”.  

Javier Piña y Palacios, excelente investigador añadió que la Nación “hizo gracia y donación pura, perfecta e irrevocable entre vivos, para siempre jamás al mismo general López Uraga, a sus herederos y sucesores, de las Islas Marías, entregándoselas libre de todo gravamen y responsabilidad”. 

Obviamente, no sabía que aquellas islas albergarían a una de las religiosas más famosas de México, Concepción Acevedo y de la Llata, mejor conocida como “La Madre Conchita”, torturada como sospechosa en el asesinato del general Álvaro Obregón y calificada como una “mártir de México” por un Papa.  

Ignoraba el general López que también acogerían las Islas Marías al supuesto asesino de 130 inocentes, a quienes habría ametrallado en León, Guanajuato en el año 1946. El cínico homicida —se jura que sólo mató a dos personas, a traición, con arma blanca —era auto publicista y se presentaba en las conferencias de prensa como “asesino y servidor”. Fue eliminado a golpes de hacha en el penal del Pacífico.  

Y otro criminal célebre fue el luchador “Pancho” Valentino quien, temeroso de ser victimado en venganza por alevoso crimen en perjuicio de un sacerdote de la ciudad de México, construyó pacientemente una casa en elevado árbol, a la que tenía acceso mediante larga escala de madera y sogas, que por las noches retiraba para protegerse. De estos interesantes asuntos daremos cuenta detallada en varios capítulos.  

Decíamos que el general José López Uraga sirvió luego al Imperio y todas sus propiedades fueron confiscadas en beneficio de la Nación. Habiéndose acogido a la Ley de Amnistía, dictada por el Presidente Juárez con fecha 14 de octubre de 1870, por medio de la cual se ordenaba que se devolvieran desde luego a los interesados, los bienes embargados o confiscados en el estado que se hallaran, siempre que no estuvieran enajenados, “el gobierno ordenó que la Tesorería de la Nación devolviera las fincas secuestradas a José López Uraga y tal devolución se hizo efectiva en agosto de 1878.  

En San Francisco, California, el 17 de julio de 1879, el general vendió al residente de San Blas Estado de Jalisco, Manuel Carpena, su propiedad de las Islas Marías en “cuarenta y cinco mil pesos mexicanos del águila, del peso y ley a que entonces se acuñaban en la casa principal de monedas de la República”. Manuel Carpena y su familia explotaron las islas, trabajando las salinas, sacando maderas preciosas y dedicando tierras a la cría del ganado vacuno. Años más tarde, la señora Gila Azcona viuda de Carpena, como albacea de la testamentaría de Manuel Carpena, hizo gestiones para vender las Islas Marías al gobierno federal.  

En enero de 1905, la Nación recuperó la propiedad de las islas con los islotes y arrecifes que las circundan, en la suma de $150,000.00, que la Tesorería entregó por parte.  

Desde que el Gobierno Federal volvió a entrar en posesión de las islas, comenzaron a hacerse los preparativos para convertir la mayor de ellas en Colonia Penal. El 12 de mayo de 1905, por decreto del Presidente de la República, Porfirio Díaz Mori, las Islas Marías se destinaron al establecimiento de la colonia penitenciaria. Y el 22 de mayo de ese mismo año, entró en posesión de las Islas la Secretaría de Gobernación, de la cual dependen desde entonces.  

Y se dijo que mientras la transportación no se aplicara más que a los delincuentes de orden común objeto de la ley de 15 de diciembre de 1903, la Constitución en nada se oponía a ello porque “había que librarse a nuestra culta Capital de todo ese mundo de gentes de mal vivir (rufianes, prostitutas escandalosas, vagos, encubridores, mendigos válidos, robachicos, alcoholistas consuetudinarios escandalosos), mundo que engendra e incuba a los más temibles criminales, donde se conciertan los más atroces desafueros y ante el cual a menudo fracasan las más hábiles y empeñosas gestiones de la policía de todos los países en su lucha contra el vicio y contra el delito”.  

Y además porque el elemento femenino “en las Colonias penales, si éstas cuentan con una sabia organización interior, es un factor que si no se moraliza cuando se recluta principalmente en las capas más bajas y abyectas de la sociedad, al menos contribuye a impedir que la población masculina de las propias Colonias caiga en las peores abominaciones, en los más repugnantes extravíos del sentido genésico”. 

El diputado Querido Moheno, dijo en su oportunidad que “al aplicar la transportación a los méndigos válidos establece una distinción, según que el mendigo ejerza la mendicidad por sí mismo o valiéndose de un menor que no tenga con el mendigo ninguno de los grados de parentesco que reconoce la ley, distinción que tiende a agravar la condición de esa clase de malhechores que el lenguaje corriente designa con el mote de robachicos, criminales los más abominables de todos únicos a quienes yo, antiguo partidario de la Pena de Muerte y actual adversario de ella, vería con satisfacción que se les aplicara sistemáticamente”. 

–Si la gravedad del delito está en razón de la lesión que infiere al sentimiento, el hecho de substraer un niño indefenso a los cuidados y al afecto paterno, es el de frustrarle un porvenir acaso brillante, el de defraudarle las mil satisfacciones que representan los años de la infancia, pasados en el hogar, para mutilarlo físicamente y moralmente con el propósito de mover a piedad los corazones, el de causar a los padres el dolor infinito de arrebatarles el objeto de toda su ternura para ahogarlo en el estercolero de la indigencia y del vicio, es sin duda el más atroz de los crímenes. 

Y yo pienso que, mientras la ley no provea a la destrucción de esas hienas, el Proyecto ha de contar en esa parte con el voto de los padres de familia. Y creo que es oportuno recordar las frases de Concepción Arenal, tan interiorizada del mundo mendicante: “De la indignidad y de la vileza del mendigo que lo es de profesión, difícilmente puede formarse idea quien no lo haya observado”— concluyó el diputado Querido Moheno. 

En sus apuntes, el licenciado Javier Piña y Palacios añadió que el presidente electo, general Álvaro Obregón, es asesinado en el restaurante de La Bombilla, en San Ángel, por José de León Toral, en vísperas de tomar posesión, nuevamente de la Presidencia de la República. Esto cambia el panorama político de México. El Presidente Calles, a principios de noviembre de 1928 y a solicitud del general Francisco J. Múgica, lo nombra director de la colonia penal de Las Islas Marías. 

Con motivo de la llamada “Rebelión Cristera” el gobierno de Calles ideó un recurso para amedrentar a los católicos: enviarlos a las Islas Marías. Del 29 de mayo de 1927 al 24 de julio del mismo año, permaneció en esa Colonia un grupo de 13 católicos.  

Uno de ellos escribió que la costumbre ahí era de trabajar desde las 4 de la mañana hasta las 6 de la tarde, sin mencionar los extras que diariamente se ofrecían.  

“Hay una cárcel El Relámpago, que consiste en tratarlos más duramente, hacer trabajar más tiempo seguido y hasta en la noche, hacerles cargar piedra y adobes en mayor cantidad con la consigna de pegarles aunque no haya motivo. Hay otro suplicio llamado El Bramadero, que consiste en colgar al individuo de los dedos gordos de las manos a un árbol y darle azotes hasta dejarlo sin sentido…  

“Si al trabajo excesivo agregamos las circunstancias del calor insoportable, del hambre devoradora, la falta de reposo, la incertidumbre del tiempo que duraríamos, la posibilidad de una enfermedad que podía llevarnos al panteón o al lazareto, la incomunicación con los nuestros, la humillación, la tiranía absoluta, aún de noche teníamos guardias. Yo solo decía en mis cartas, -estoy bien, me han tratado con muchas consideraciones–, aunque la carta fuera escrita con lágrimas y sangre. La tristeza era disipada con las alegres canciones que cantábamos en las noches de luna, en que nos sentábamos en las afueras de la barraca a conversar”, dijo aquel católico.  

(El posteriormente director de la Policía Judicial del Distrito, Jesús Antonio Sam López, reconoció que en los sesentas, que cuando algún “colono” se resistía a cumplir con la disciplina establecida, entonces se le llevaba a un tratamiento especial, que ahora habría bastado para la consignación penal de los torturadores). 

La agresión salvaje consistía en colgar con sogas al indisciplinado y columpiarlo en sitios adecuados, donde el agua era más o menos transparente y se veían llegar enormes tiburones, los llamados guardianes gratuitos de las Islas Marías. Cuando los escualos se lanzaban contra el señuelo humano, era jalado con poleas mientras el infortunado lanzaba gritos de terror, pues algunos tiburones saltaban como delfines, pero con espantosas hileras de dientes al descubierto. El licenciado Jesús Antonio Sam López fue director de las Islas Marías. Al parecer, no hubo ninguna baja entre los indisciplinados, durante el “entretenimiento” de sus “muchachos”.  

En 1928, el titular de la Colonia penal recibió el 15 de abril un telegrama del Ejecutivo que rezaba: “Ejecutivo mi cargo propósito mandar Islas Marías algunas de las mujeres recluídas en la Penitenciaría de esa ciudad y la de Guadalajara, a quienes a comprobádoseles que son agentes rebeldes y hacen viajes a su campo llevándoles provisiones boca y guerra. Sírvase usted estudiar construcción unos cobertizos, a ser posible en una de las Islas que no estén actualmente ocupadas, indicándome costo aproximado objeto autorizar gasto respectivo”.  

El director contestó “Refiérome suyo respetable 18 recibido hoy contesta el general Múgica el 19, alojamientos Colonia completamente limitados e inadecuados para objeto indícame. Sólo provisionalmente podríanse colocar, mientras se construyen locales a propósito, señoras. Por separado enviaré presupuesto gastos. De cualquier manera y no obstante los serios problemas que se me originarán en la Colonia con elemento femenino, puede el Supremo Gobierno ordenar su remisión en la inteligencia de que procuraré salvar dificultades, ya que exígelo así pacificación del País”.  

El mismo día contestó el Ejecutivo: “Sírvase usted ordenar desde luego se acondicione debidamente uno de los pabellones de la Colonia Penal a su cargo para recibir a sesenta mujeres que se enviarán en estos días de esta capital complicados en propaganda de los fanáticos dándome cuenta en esta vía”.  

El 15 de mayo: Me honro en comunicar a usted haber quedado instalado elemento femenino aprovechando algunas residencias particulares, pues material para campamento aún no llega. Permítome insistir sobre el envío del Guaymas a mi disposición y de la fuerza de Inválidos, pues es muy escaso el personal”.  

Una de las señoritas enviadas a las Islas Marías contó que “en el segundo tercio del mes de abril de 1929, fui conducida con muchas señoras respetables y señoritas, sin que mediara acusación, ni se observara en el procedimiento ninguna de las formas legales, a la Inspección de Policía primero y después a la Penitenciaría. Desde el día veinte de abril comenzó a circular la noticia de que todas las personas aprehendidas, sin distinción de sexo o edad (hay que anotar que hasta entonces jamás habían ido mujeres a las Islas Marías), serían deportadas a las Islas Marías y esta noticia consternó a nuestras familias y causó honda sensación en toda la sociedad. Éramos ochenta y tantas damas y ciento cincuenta varones…  

“Durante nuestro encierro en la Inspección de Policía y en la Penitenciaría estuvimos incomunicadas. En la Penitenciaría comíamos rancho de los presos: pan duro, sopa, frijoles y café muy mal condimentado. Nos levantábamos a las cinco, pasaban lista, recibíamos nuestro rancho y nos recluían en nuestras celdas, que permanecían abiertas hasta las seis de la tarde, hora en que se nos encerraba y se ponían cerrojos en las puertas.  

“Ya encerradas rezábamos y cantábamos y nunca se nos molestó por esto. Las reclusas por crímenes nos decían que tenían orden de molestarnos, y las celadoras nos decían que más nos hubiera valido ir a dar a la Penitenciaría por otro motivo. No nos dejaban ir a las conferencias que una vez por semana se dan a los presos, después supimos que era porque en ellas se trataba de arrancar a los presos la idea de Dios.  

“En la madrugada del día ocho de mayo nos sacaron a deshora de nuestra prisión: empezaba la travesía de las Islas. Como nada sabíamos ni nosotros, ni mucho menos nuestras familias, no llevábamos más equipaje que la ropa que teníamos puesta, ni tuvimos más dinero que el que la caridad de algunos de los mismos soldados que nos custodiaban puso en nuestras manos,  

“El tren estaba formado por una docena de carros de carga, en uno de ellos, que había conducido carbón, nos colocaron a las mujeres, en otro a los hombres, los demás fueron ocupados por soldados, aquellos eran un ejército.  

“El ferrocarril partió a las 4 de la mañana. No se detenía jamás en lugares poblados. El primer día de nuestro viaje nos dieron un pedazo de pan con carne y frijoles ya descompuestos que no pudimos comer, el segundo día ya no nos dieron nada.  

“Llegamos por fin a Manzanillo”. Eran como las ocho de la mañana. Toda clase de personas en apretadas multitudes esperaban la llegada del tren, pero no lograron ni mirarnos porque nuestros carros permanecieron cerrados hasta las dos de la mañana, hora en que nos mandaron bajar. Habían puesto a derecha e izquierda filas de soldados con los rifles dispuestos, como para combatir, y en medio de esa valla y llevando a los hombres amarrados, fuimos conducidos a la Jefatura de Operaciones las mujeres y al cuartel los hombres. 

 “El viaje por mar fue mucho menos molesto que el viaje por tierra”. El gobernador de la Colonia penal, a cuyas órdenes estaba ya la cuerda nos trató desde el primer momento con consideración y fineza. Los alimentos ya eran buenos, el tratamiento el que se da a personas educadas y los sitios que se nos designaron conforme con nuestro modo de ser…  

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