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BALACERAS DÍA Y NOCHE

Las masacres tienen que ver con la guerra que enfrentan tanto el CSRL como el CJNG y otras organizaciones pequeñas por el control del...

ASESINATOS SIN CONTROL

SEXTA PARTE PARA EL IMPRESO

LA BALACERA DEL MITÍN DE 1946 

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  • Se afirma que el coronel Emilio Olvera Barrón comenzó a disparar contra los manifestantes, y en unos cuantos segundos, desde puertas y azoteas llovieron balas contra centenares de personas 

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/La Opinión de México 

(Séptima y última parte) 

Ciudad de México.- Al iniciarse el año 1946, 2 de enero, la Unión Nacional Sinarquista organizó gigantesco mitin frente al Palacio Municipal, para advertir al periodista y gobernador Ernesto Hidalgo que no estaba de acuerdo la Unión con el supuesto triunfo electoral de Ignacio Quiroz. 

Se afirma que el coronel Emilio Olvera Barrón comenzó a disparar contra los manifestantes, y en unos cuantos segundos, desde puertas y azoteas llovieron balas contra centenares de personas. 

Diez individuos murieron instantáneamente y otros diecisiete fallecieron luego a consecuencia de heridas por proyectil de arma de fuego, no menos de 300 sinarquistas resultaron lesionados. 

El licenciado Primo Villa Michel, secretario de Gobernación, fue enviado urgentemente al lugar de la tragedia para que investigara con un equipo interdisciplinario, y lo primero que comprobó, fue que las heridas tenían, en su mayoría, trayectoria de arriba abajo y por la parte posterior de los cuerpos, es decir por la espalda, según dictámenes firmados por los doctores Alejandro Enrique Gómez Sierra, Antonio Durán y Luis Ernesto Arapa. 

Además, se tomó gran número de fotografías periciales para confirmar un informe que señalaba la ausencia de impactos de bala en el Palacio Municipal, y edificios cercanos como el Casino, hotel Condesa y otros, lo que descartaba de raíz una supuesta agresión a tiros de los manifestantes contra los custodios. 

Sin embargo, se intentó sorprender al secretario de Gobernación con un informe oficial en el que se destacaba que “cuatro mil sinarquistas hicieron nutrida descarga de fusilería contra las fuerzas federales y se ordenó repeler la agresión”. 

Molesto, el funcionario ordenó que “todos los militares que participaron en la supuesta contestación al fuego sinarquista, fuesen investigados y consignados en su caso, para proceso en, Guadalajara Jalisco”. 

Ninguno de los militares supo explicar por qué no había agujeros de bala en el Palacio Municipal ni edificios cercanos, y en cambio, inmuebles alejados y frontales, sí tenían impactos de proyectiles de alto y bajo poder, lo que sin duda significaba que se abrió fuego de un solo lado, en lo que pareció una emboscada absurda. 

Con gran valor civil, ningún militar (excepto quizá el mentiroso José Ortiz Muñoz, si es que estuvo ahí), desertó y todos acompañaron a sus oficiales en el proceso que se les instruyó en la Perla Tapatía. 

La Secretaría de la Defensa Nacional dio a conocer la lista oficial de consignados: Coroneles Emilio Olvera Barrón y Pablo Cano Martínez; teniente Jesús Hernández Orozco; subtenientes Isaac Rodríguez Hernández y Blas Salazar Anaya; sargento Ricardo Hernández Romero; sargento segundo Angel Hernández Silva; cabo Salvador Reyes Raviela y soldados: Pascual Martínez Hernández, Valentín Zea Martínez, Guadalupe Flores, Enrique Méndez García, Merced Torres García, Jerónimo Martínez Robles, Pío Silva Medrano, Salvador Véjar Ramírez, Jesús Salazar Ruiz y Pedro Marcos Altamirano. 

En ningún momento se mencionó el nombre del falaz José Ortiz Muñoz, “El Sapo ”…quien desde entonces se dedicó a pregonar que había matado a 131 personas, quizá para obtener fama de matón y amedrentar a futuros agresores, pues Ortiz era chaparro y no muy fuerte. 

¿Es creíble que dos coroneles, un teniente, dos subtenientes, dos sargentos, un cabo y diez soldados protegieran con sus declaraciones al “Sapo”?… 

Ninguno dijo que el “Sapo” les hubiera ayudado a “repeler la supuesta agresión de cuatro mil sinarquistas armados” y nunca lo mencionaron como compañero de armas. 

Por el crimen en las cercanías de Santiago Tlatelolco, “El Sapo” fue sentenciado a 18 años de prisión, cuando debían pagarse completas las condenas y no existía la Ley de Normas Mínimas. 

En la cárcel de Lecumberri, había ocurrido una de tantas agresiones “inexplicables”: el cubano Rolando Martínez Torres, quien se hacía llamar “Isidro Martínez García”, (en La Habana asaltó un banco y mató a dos empleados que se opusieron), había llegado a México para cometer robos a mano armada y fue detenido por el famoso Servicio Secreto mexicano, cuya disolución estúpida soltó los controles principales del hampa en México, desde los años 80. 

Rolando Martínez Torres, alias “El Tata”, posiblemente fue remunerado para que diera muerte a traición a Hugo Izquierdo Ebrard, quien con su hermano Arturo, aparecía como corresponsable del asesinato de un senador, Mauro Angulo. 

Sin titubear el cubano identificó a Hugo Izquierdo Ebrard y le atravesó a traición el tórax, con un “puñal hechizo”, milagrosamente se salvó el lesionado y se rumoró que los días del “Tata” estaban contados. 

La señora Ana Torres de Martínez comenzó a enviar cartas dramáticas al coronel Francisco T. Linares, director de la Penitenciaría del Distrito, suplicándole que cuidara de la vida de su hijo Rolando, “El Tata”, también conocido como ”El Flaco”. 

Se dijo que “alguien” había pagado al “Sapo” para que matara al “Tata”. El gran reportero policial Luis Cantón Márquez, informó el miércoles 6 de septiembre de 1950, en el diario La Prensa, del entonces Distrito Federal, que “el viejo y ruinoso caserón que se localiza al final de las calles de Lecumberri, en donde cuatro mil quinientas personas purgan condenas por diferentes delitos, sirvió de escenario a una sombría tragedia protagonizada por dos reclusos calificados como verdaderas fieras humanas, dueños de macabra historia criminal”. 

Uno de ellos, —insistió Luis Cantón Márquez— de nombre Rolando Martínez Torres, fue muerto de certera cuchillada por José Ortiz Muñoz, “El Sapo”, quien confesó que había matado a 133 personas y era el autor material de la matanza de sinarquistas ocurrida a principios de 1946–. 

(Como es fácil de notar, entonces resultaba que nadie más disparó contra los sinarquistas en León, Guanajuato, sólo “El Sapo”, único autor material de la tragedia, ocurrida cuatro años atrás. Si esa fue la verdad, ¿por qué la Secretaría de Gobernación insistió en la consignación de todos los demás militares involucrados y confesos de haber disparado por “órdenes superiores”?, ¿Por qué la Secretaría de la Defensa Nacional no optó por exigir el castigo del único asesino material de los inocentes sinarquistas?). 

Agregó Cantón Márquez que los dos reos que ensangrentaron una vez más el penal de Lecumberri, tenían negro historial en el mundo de la delincuencia.  

Precisamente por su extrema peligrosidad, “ambos se encontraban aislados del resto de la población penitenciaria. Estaban alojados en las celdas de castigo de la Crujía Circular Dos. El cubano estaba procesado por asalto, en el Juzgado 18 Penal y por lesiones graves a Izquierdo Ebrard, en el Juzgado 5 Penal”. 

Y he aquí la leyenda, nuevamente promovida: “El Sapo” era todo un personaje —relató Cantón— en el interior de la Penitenciaría. Unos meses después de haber entrado en calidad de preso, se convirtió en el amo y señor de todos los reclusos (¿?)… Mandaba no sólo a los reos, sino también a vigilantes y comandantes del penal (¿?)… Adquirió su mayor fuerza en la prisión, cuando fue comandante de vigilancia Facundo Tello, pues en esa época “El Sapo” traficaba libremente con mariguana, cocaína, morfina y licores de todas marcas (¿?)…Se afirma que llegó a azotar a los internos que se negaban a obedecer sus órdenes, o a plegarse a sus caprichos”. 

Francamente, amigo(a) lector(a), se necesita ser bobo para creer semejantes tonterías. Si el mentiroso hubiera sido tan poderoso, jamás habría sufrido cautiverio en las celdas “Marías” y menos, mucho menos habría sido consignado a las verdaderas Islas Marías, donde en su mayoría llegaba gente ignorante, pobre, sin dinero para pagar un amparo contra las famosas “cuerdas”. 

José ocupaba la celda 3 y el cubano la 23. El 6 de septiembre, a las 9 de la mañana, el vigilante Felipe Huerta Gómez les dijo que debían asistir a la enfermería de Lecumberri. Cuando cruzaban el patio, el cubano derribó al custodio, quien cayó junto a su rifle. “El Tata” sacó entonces un filoso cuchillo, de 35 centímetros de largo por 4 de ancho y se arrojó contra “El Sapo”, quien se defendió con un sombrero de palma, pintado de verde. 

El arma se atoró en el tejido del sombrero durante dos segundos, suficientes para que el “Sapo” se aproximara y forcejeara por el arma. José pudo apoderarse del “puñal hechizo” y atravesó por la espalda al cubano, quien corrió hacia la enfermería pero era muy tarde, falleció cuando era colocado en la mesa de operaciones. 

Fue cuando la fama de matón del “Sapo” se extendió, gracias a los rumores, y comenzó a darse el lujo de iniciar entrevistas y conferencias de prensa con el “mucho gusto señores, aquí está su humilde asesino”. 

El delincuente se casó más que por amor, con la intención de conseguir un indulto presidencial de los que se acostumbraba conceder a fin de año…pero nunca resultó favorecido. 

De pronto, centenares de procesados fueron advertidos una noche que prepararan “sus chivas”, porque pronto estarían gozando de “merecidas vacaciones junto al mar”. 

Naturalmente, era una forma sarcástica de avisarles que irían al penal del Pacífico, las entonces temibles Islas Marías. 

Los reclusos con influencia pudieron conseguir un amparo a toda prisa, pero los más pobres ni siquiera avisar lograron a sus parientes cercanos y, en la madrugada, fueron escoltados por decenas de militares hacia convoyes de pasajeros, ferrocarriles de “segunda clase”, que los llevarían a la costa nayarita. 

Como siempre ocurre en casos populares, al “Sapo” se le dedicó un corrido, aumentando su leyenda, sus mitos, su egolatría: “A mí me apodan “El Sapo” / Por prieto, feo y matón/ Noventa y nueve cabezas/ Les he mandado al panteón/ Si conmigo se hace el ciento/ Resignado estoy, Señor”. 

“Aquí, en Islas Marías / Todo mundo me respeta/ Será por miedo o por horror/ Que les causa mi careta/ Aquel que pelea conmigo/ Siempre la vida le cuesta”. 

En el año 1962, cuando retornaba del área salinera, donde estaba castigado, fue agredido con machete y con hacha, por reclusos que guardaban rencor contra el supuesto multihomicida. 

Pocos individuos rezaron por el eterno descanso del alma de José Ortiz Muñoz, “El Sapo” y para entonces se sabía con relativa exactitud lo que sucedió en, León Guanajuato. 

Obviamente, el presunto impostor había mentido desde el principio, pues juraba haber matado a 131 sinarquistas, cuando en realidad murieron 27 y fueron sepultados en gavetas murales del panteón de San Nicolás. 

Y también fue enterado el pueblo que la de León era la tercera masacre que se apuntaba en su haber el sanguinario coronel Emilio Olvera Barrón, quien antes había ordenado a sus soldados abrir fuego sobre desarmados campesinos de Villa Cardel, Veracruz y sobre obreros inermes en Atlixco, Puebla. 

El día 2 de enero de 1946, un grupo de estudiantes locales comenzó a burlarse del Partido de la Revolución Mexicana, trasladando un ataúd vacío con las iniciales PRM y un tacón de zapato femenino arriba, lo que provocó la hilaridad de cientos de personas, en las cercanías del Palacio Municipal en León Guanajuato. 

Hubo lucha electoral y el PRM impuso el triunfo del doctor Ignacio Quiroz, estimable profesionista, pero el pueblo estaba a favor de Carlos Obregón. 

Los ánimos comenzaron a encenderse. Muchos niños lanzaron pullas a los soldados que custodiaban el Palacio Municipal, exhortándolos a que se pusieran del lado del pueblo y un muchachito, de clase humilde, arrojó un pedazo de ladrillo hacia el coronel Emilio Overa Barrón. 

El pequeño proyectil pegó en la punta de una de las botas del militar…quien había consumido mucho alcohol en una cantina cercana a Palacio Municipal. 

El furioso individuo desenfundó su escuadra, calibre .45 e hizo fuego sobre la multitud, y ordenó a sus subalternos “hacerlo a discreción”, por lo que comenzaron a llover balas sobre los manifestantes. 

Lo más grave entre militares fue que se autorizó el uso de balas expansivas—prohibidas hasta en la guerra por la crueldad de las lesiones que provocan— y Manuel García, de 13 años de edad, fue alcanzado con fuego de ametralladora por la nuca y dos proyectiles expansivos le volaron los ojos al salir. 

El general Manuel Ávila Camacho pidió la desaparición de poderes en el Estado de Guanajuato y la consignación ante un consejo de guerra para los coroneles Pablo Cano Martínez y Emilio Olvera Barrón, quien junto con los otros participantes fueron relevados de sus cargos y puesto a disposición de las autoridades judiciales de, Guadalajara Jalisco, a cuya jurisdicción estaba la zona militar del Estado de Guanajuato. 

Las “legítimas autoridades municipales de León” se derrumbaron para ser sustituidas por una Junta Municipal; las tropas fueron retiradas; Gobernación aportó pruebas contra los consignados; intervino la Suprema Corte de justicia, miles de personas protestaron por la matanza, el comercio cerró puertas en apoyo a los derechos humanos; Nicéforo Guerrero sustituyó al periodista Ernesto Hidalgo como gobernador; la CTM calificó de “agresoras” a las víctimas y al Partido de la Revolución Mexicana desapareció para que surgiera el PRI. 

Dieciséis días después de la tragedia en León, Guanajuato, nació el PRI en el teatro Metropólitan de la ciudad de México, a las 13.55 horas del viernes 18 de enero de 1946

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