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LA COSTUMBRE DEL PODER

Perú, ¿al fracaso por comunista o por ingenuo?

  • No será mejor presidente del país que se puso en sus manos, por usar ese sombrero mayor que él mismo, por vestir como viste y calzar como calza, o moverse con los pies desnudos. Hay una dignidad, una estela de luz, en el oficio del poder, y le dan vida quienes lo ejercen, o la matan y la entierran

Gregorio Ortega Molina/Sol Yucatán

Imposible olvidar el desbordado entusiasmo de Lorenzo Meyer cuando Pedro Castillo se hizo con el poder en Perú, y admonitorio escribió que profetizarían su fracaso por comunista.

¿Son, los políticos de izquierda, más inteligentes y capaces, y además propietarios de la verdad? ¿Tuvieron éxito los gobiernos comunistas? ¿Es China comunista? A éstos, como a las dictaduras de derecha, en algún momento se les tuerce el camino y pierden la vocación para la cual se supone se hicieron con el poder y adquirieron la responsabilidad de ser garantes del funcionamiento del Estado y sus instituciones.

Los gobiernos menos equívocos y más longevos son los demócratas, pero como toda asociación política para gobernar, pronto se dan cuenta de que es imposible resolverlo todo y a todos. Basta con darse un paseo por esos sitios de las ciudades estadounidenses, o francesas, o británicas, españolas, alemas, donde las fuerzas del orden se la piensan para entrar. Uno de los efectos benéficos (sociológicamente hablando) del Covid-19, es que demostró que todos los modelos políticos visten el traje nuevo del emperador.

Pedro Castillo, el presidente de Perú, no sería la excepción. Pensó, como los que lo respaldan, que la voluntad era suficiente para transformar a esa buena parte de la sociedad peruana que lleva décadas adaptando las leyes a sus necesidades, y nunca ellos al marco legal y constitucional de la nación.

Es creencia generalizada y aceptada con entusiasmo, que las leyes son perfectibles, y de ello se agarran quienes mandan, para “perfeccionarlas” de acuerdo a los requerimientos de su grupo y de su ego y deseo de saltar a la historia, como lo hiciera Julio César, o Napoleón, o el tío José, o las señoras Meier o Merkel. Somos los seres humanos los susceptibles de ser corregidos, pero nos negamos a ello.

Supone, Pedro Castillo, que el hábito hace al monje, y tampoco es verdad. No será mejor presidente del país que se puso en sus manos, por usar ese sombrero mayor que él mismo, por vestir como viste y calzar como calza, o moverse con los pies desnudos. Hay una dignidad, una estela de luz, en el oficio del poder, y le dan vida quienes lo ejercen, o la matan y la entierran.

El último seis de octubre, el presidente peruano removió a Guido Bellido y otros integrantes de su gabinete, así, rápido, antes de que se les hiciera costumbre moverse en esos despachos donde la percepción de la realidad se trastoca, se enmohece, se vuelve oscura y llega deformada por la voz y los intereses de los cercanos.

 Pedro Castillo, como otros presidentes de naciones de América Latina, debe asumirse como el que manda, como responsable del presente de los peruanos, corresponsable del futuro, y para que lo escuchen debe darse, él mismo, la dignidad y el respeto que merece esa responsabilidad histórica.

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