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La machosfera toca la puerta de DIF y Poder Judicial

Hombres profundamente resentidos con las mujeres

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Por Ericka Contreras Pérez

La búsqueda conceptual de “Machosfera o manósfera” dice es un ecosistema digital de blogs, foros y redes sociales donde se promueven discursos de hipermasculinidad, antifeminismo y misoginia.  Disfrazados de «autoayuda», estos espacios normalizan la violencia de género y fomentan el resentimiento hacia las mujeres.

Uno de los personajes más visibles de esta corriente en México mantiene vínculos con una asociación civil en Yucatán. Por ello, vale la pena detenerse en la visita que Alex Flores realizó al estado el pasado 29 de mayo de 2025, una presencia que distó mucho de ser una simple gira de activismo. Él se ha convertido en un personaje de los movimientos que dicen defender los derechos de los hombres. Su discurso gira en torno a las llamadas denuncias falsas, la obstrucción parental, el desacreditado síndrome de alienación parental y la idea de que las leyes están diseñadas para perjudicar a los hombres y favorecer a las mujeres.

Patrocinado por un integrante de la asociación civil, acudió al Congreso del Estado denunciando una supuesta censura a un foro. Más tarde, junto con pocos simpatizantes, convirtió las puertas del Poder Legislativo en escenario de consignas, reclamos y descalificaciones dirigidas a diputadas y diputados. Más que una protesta, fue una demostración de su método: Construir agravios, alimentar resentimientos y presentarse permanentemente como víctima de un sistema que supuestamente persigue a los hombres.

Confieso que, después de verlo desfilar por Yucatán y de convertirme en objetivo de algunas de sus publicaciones, decidí asomarme a sus redes sociales. Lo que encontré fue un muro poblado por hombres profundamente resentidos con las mujeres, convencidos de que somos la causa de todos sus males y de que cualquier avance en materia de igualdad constituye una agresión personal. Nada nuevo. Me resulta difícil distinguir dónde termina un grupo y comienza otro. Los discursos se parecen, los argumentos se repiten y las enemigas somos las mismas.

No es casualidad que una de sus expresiones favoritas sea: «están construyendo una narrativa«. La repite para cuestionar estadísticas, denuncias, resoluciones judiciales y políticas públicas relacionadas con la violencia de género. Mientras él mismo ha construido una narrativa donde las mujeres aparecemos como manipuladoras; las madres somos sospechosas por definición; las instituciones son enemigas de los hombres y donde las leyes destinadas a proteger a mujeres, NNA son presentadas como mecanismos de opresión masculina

Ha sido mencionado dos veces durante la Mañanera de la presidencia en la sección de «Detector de Mentiras», las autoridades federales expusieron sus afirmaciones y se señalaron sus contenidos considerados falsos o engañosos. Además, dedica buena parte de sus publicaciones a descalificar a mujeres en espacios de poder, incluida la ex titular de la Secretaría de las Mujeres y la Presidenta. No por sus decisiones públicas, sino recurriendo a burlas, ataques personales y comentarios dirigidos a desacreditar su capacidad por su condición de mujeres y su apariencia física.

Suele acusar a colectivas, activistas y defensoras de derechos humanos de lucrar con las víctimas. Incluso sostiene que detrás del feminismo existe una agenda oculta financiada con abundantes recursos. Sin embargo, mientras señala a otros por monetizar, él mismo promociona asesorías legales, impulsa campañas de recaudación, solicita aportaciones y pide regalos. Al final, no le molesta que una causa recaude dinero; le molesta que no sea la suya. Porque cuando lo hacen las mujeres es un negocio. Cuando lo hace él, lo llama activismo.

Más allá de este personaje, lo verdaderamente relevante es preguntarnos qué ocurre cuando este tipo de discursos comienzan a encontrar espacios dentro de las instituciones públicas. “Dime con quién andas y te diré quién eres», reza el viejo refrán.

En los últimos meses, bajo una política de puertas abiertas que busca escuchar a todos los sectores sociales, instituciones como el Poder Judicial y el Sistema DIF han recibido a diversos colectivos ciudadanos. En principio, eso es positivo. Una democracia sana escucha incluso las voces con las que no coincide.

Pero escuchar no es lo mismo que legitimar. Porque existe una diferencia enorme entre abrir una puerta para recibir una petición ciudadana y otorgar reconocimiento político, institucional o simbólico a determinadas agendas. El verdadero deber de las instituciones no es escuchar indiscriminadamente, sino ejercer un criterio responsable que les permita distinguir entre la protección de derechos y dar soporte a los discursos que buscan socavarlos.

La historia demuestra que los discursos de odio rara vez se presentan como tales. Llegan envueltos en palabras atractivas: libertad, igualdad, familia, derechos y protección de infancias.

Nadie discute que existen hombres que enfrentan conflictos familiares dolorosos, procesos judiciales complejos o situaciones que requieren atención institucional. Esas realidades existen y merecen respuestas. Pero una cosa es atender problemáticas legítimas de los hombres y otra muy distinta es validar movimientos cuya identidad se sostiene en el rechazo hacia las mujeres o en la negación abierta de las violencias documentadas como la violencia vicaria.

La tolerancia democrática tiene un límite. Las instituciones deben saber exactamente dónde ponerlo. Y tener la claridad, inteligencia y valentía para hacerlo cuando sea necesario.

No me sorprendería que, después de publicada esta columna, comiencen a circular capturas, videos, transmisiones en vivo y toda clase de descalificaciones. Ya los conozco. Los espero con absoluta tranquilidad. Es más, les agradezco de antemano la difusión. Porque pocas cosas retratan mejor a un movimiento que la reacción de sus propios seguidores. Al final, como diría el clásico: por sus actos los conoceréis. Y suelen exhibirse solos.

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