Redacción/Sol Yucatán
Kinchil, Yucatán.-Una imagen recorre ya comunidades y redes sociales: una mujer kinchileña se plantó frente a una enorme maquinaria pesada para impedir que continuara la destrucción de la zona arqueológica de Tzemé, un sitio de alto valor histórico, cultural y ambiental. La valentía de esta mujer contrasta con la indiferencia de autoridades que permanecen ausentes mientras se vulnera la ley.
A pesar de clausuras vigentes emitidas por la Profepa y el INAH, los empresarios responsables decidieron pasar por encima de la normativa, ignorando los sellos oficiales y las órdenes de suspensión. Lo que debería ser un patrimonio protegido se ha convertido en un terreno donde la fuerza económica y el desdén institucional pisan la historia y el derecho de la comunidad a defender su territorio.
“Es una lucha desigual: una persona contra una máquina, una comunidad contra intereses millonarios”, señalan defensores del territorio. La selva y los vestigios mayas siguen siendo destruidos, mientras las autoridades permanecen como meros espectadores, incapaces o desinteresadas en frenar el daño.
La escena de hoy se ha convertido en una postal de resistencia: una mujer defendiendo la tierra con su cuerpo, frente al acero y la indiferencia institucional. Una lucha que evidencia que la defensa del territorio no siempre proviene del Estado, sino de quienes aman y protegen su hogar.
Kinchil recuerda que mientras las instituciones sigan ausentes, la preservación de su historia y su selva dependerá de la valentía de su gente, dispuesta a plantarse frente a la maquinaria del despojo y a decir que su patrimonio no se toca.
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