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LEYENDA DE LA VIRGEN DE LA NATIVIDAD

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Por José Iván Borges Castillo.

Cuentan los antiguos habitantes de ese lugar donde la golondrina hizo su nido y donde sus cenotes están revestidos de la quietud, sólo interrumpida por aves que bajan a beber a sus aguas, o sea, me refiero a Cuzamá, pueblo que tuvo la dicha de que naciera bajo su cielo una niña toda bella, agraciada y singular.

Cuentan que su madre, cuando estaba embarazada, al caminar dejaba a su paso un olor de flores de mayo, o que, en las noches de luna, sobre el ríspido ripio de palmas de huano donde vivía ese matrimonio se veía rodeado de una luz que a todos llamaba la atención y se decía ¿qué será de esa criatura que está por llegar?

En efecto, el parto se realizó en una aurora de mes que no se recuerda, pero lo que sí está en la memoria es que aquella mañana floreció la limonaria y el galán, la placita del pueblo se vio llena de aves de todo tipo, y el campanario de la vetusta iglesia repicó así sin más motivo; dicen que los pájaros las hicieron tocar…

Iba creciendo en edad y gracia una niña flor de encanto, con sus hipilitos blancos se le veía cruzar las calles, con flores en las manos, con los cabellos recogidos, con su soguilla de oro, con sus sandalias de sosquil de sisal, con su mantilla, pero que digo, sus ojos parecían estrellas relucientes, y con tintes color de fresa vistió de realeza su rostro… Creció pronto y se convirtió en una hermosa doncella, nadie se atrevía a mirarla con mala intención sin mancillar siquiera su pureza.

Aquella era hechura de promesas, de virtudes brillantes, de hermosura por fuera y bella del alma, como son las hijas del Mayab resplandeciente…

Ocurrió que un día, una gran serpiente cascabel recorrió la plaza del pueblo y por más que los valientes hombres cuzameños hicieron por matarla, está huyó, viniendo aparecer a las puertas del ripio de la casa de la hermosa niña, ya para entonces hecha doncella…

 ¡Decían los antiguos abuelos que era presagio de algo que estaba por llegar! Nada ocurre sin la voluntad divina, de eso estamos más que ciertos.

Al cabo de tres días, como por arte de magia, como por encanto, aquella doncella hermosa desapareció, como si de un arrebato el cielo se la hubiera llevado sin dejar huella o como si la tierra la hubiera tragado. Sus afligidos padres conmovieron con su dolor desesperado a toda la comunidad que inicio con su búsqueda y se extendió hasta los pueblos vecinos. De Homún y Huhí llegaron noticias de no saber nada sobre ella, lo mismo dijeron los que fueron a Hocabá y Seyé.

Un anciano llegó a la casa de los afligidos padres y les exhortó a mantener la calma y no desesperarse, además, les recordó todos los sucesos en los que se vio envuelta aquella doncella cuando aún no nacía. Reflexivos, los papás dieron razón y decidieron esperar; aquel era el segundo día de búsqueda.

Ocurrió en la aurora del día siguiente, el tercero desde su desaparición, que a las orillas del cenote cerca de la plaza principal de Cuzamá se encontraba el hipil todo blanco y las sandalias de aquella doncella, prueba que se había metido a bañar a las aguas del cenote, pero el lugar de ella estaba parada, bien erguida, como recién salida del cenote una imagen toda primorosa y muy parecida a aquella doncella, pero esta era la Virgen de la Natividad.

Parece que el cielo tomó la pureza de aquella hermosa doncella y regaló a cambio a todo ese pueblo una imagen de María. Sublimó el amor y ternura que había despertado aquella mujer sencilla por una nueva imagen que les daría protección y auxilio.

Por eso, la Virgen de la Natividad es cuzameña, por eso se viste de terno de mestiza, por eso los de su pueblo la sienten como una nacida entre ellos por eso la premian con soguillas, pulsos, con sus rosarios y con el oro más tierno que se teje en filigrana su profunda devoción. Todos los años, esa doncella sale en procesión a recorrer las calles de su pueblo y como cuando de niña, va disfrutando del aire y tirando flores a su paso, dejando su suave y delicado olor en el ambiente.

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