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LOS CUATRO ASESINOS DE LAS ISLAS MARÍAS 

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  • Fueron sentenciados a 30 años de cautiverio; Valentino “vivía como pájaro, a la manera de Tarzan construyó una rústica cabaña en la copa de un árbol y cada año que pasaba en el penal del Pacífico, añadía un gran trozo de madera, “para llevar la cuenta” 

Redacción/Sol Quintana Roo

Ciudad de México.- Los cuatro principales asesinos fueron sentenciados a 30 años de cautiverio. Enviado a las Islas Marías, Valentino “vivía como pájaro, a la manera de Tarzan construyó una rústica cabaña en la copa de un árbol y cada año que pasaba en el penal del Pacífico, añadía un gran trozo de madera, “para llevar la cuenta”.  

Vivía solo y desconfiado, temeroso y arrepentido. Dentro de su cabaña, instalada cerca de albergues construidos por el gobierno, tenía un retrato del sacerdote teatino Juan Fullana Taberner, y le rezaba todas las noches. Cuando llegaba para dormir, subía la escala que conducía su choza y de esa manera se aseguraba que no subiera alguien y le hiciera daño por sorpresa.  

“El Padre Trampitas”, mal hablado como carretonero antiguo, contaba que Valentino lo había amenazado de muerte porque todos los sacerdotes son farsantes. Pero que, un día le dijo: “No vengo a matarlo, estoy aquí porque usted es influyente con Dios y quiero que me recomiende con El. Estoy arrepentido”. 

“Pancho Valentino” fue encargado de la biblioteca del penal del Pacífico, ahí tenía unas pesas construidas con ruedas de metal, hacía ejercicio para mantenerse en forma, pesaba 85 kilogramos y se veía fuerte y entero. En las paredes de su cuarto pegó el rostro de un Cristo. Poseía una bicicleta que, además de los pedales, funcionaba con una palanca, accionada con manos y brazos para “hacer fibra”, Eduardo Téllez decía que “Valentino murió por enfermedad, a 30 días de conseguir su liberación, fue sepultado en el cementerio de las Islas Marías, pero no recuerdo la fecha”.  

Si los mexicanos mentirosos son risueños, basta con hacerles cosquillas para que se suelten contando más embustes, pero si carecen de imaginación “hasta el extremo de tener que presentar pruebas en apoyo de una falsedad”, como decía Oscar Wilde, más valdría que dijeran la verdad sin tardanza. 

Así me lo comentó hace tiempo el doctor Ramón Fernández Pérez, —en paz descanse— exdirector del Servicio Médico Forense de la ciudad de México, donde una y otra vez se descubrieron asesinatos que algunos criminales querían hacer pasar como “suicidios” y viceversa en el caso de autoridades interesadas. 

Esa ocasión hablamos de José Muñoz Ortiz, alias “El Sapo”, un presidiario que según el doctor Fernández “logró sorprender a los medios de comunicación de una manera casi increíble, al asegurarles que había matado a más de 130 personas con cuchillo y diversas armas de fuego incluida una ametralladora”. 

(“El Sapo” fue asesinado en las Islas Marías con machete y hachas, durante una emboscada que le tendieron en las salinas algunos enemigos que realmente lo aborrecían por mentiroso, pues nunca molestó a sus compañeros de cautiverio en el penal del Pacífico). 

El locutor Carlos Pickering frecuentemente comentaba con sarcasmo el que José Ortiz Muñoz, cínicamente, ofreciera hasta conferencias de prensa tras presentarse con un “mucho gusto, señores, aquí está su humilde asesino”… 

¿Podía ser reservado, modesto, tímido, dócil un individuo que al darse cuenta que engañó a miles de incautos, se transformó en altivo, presumido, jactancioso, vanidoso, arrogante, engreído y soberbio?.. 

Claro que no. Y menos cuando muchos medios de comunicación resaltaban sistemáticamente todo aquello que se sabía fabuloso, ilusorio, fingido, imaginario, ficticio, de plano inventado pero creíble. 

Siempre ha sido fácil desenmascarar embusteros. Es lo más sencillo del mundo, aseguraba mi amigo, médico forense Ramón Fernández Pérez: “recuerda lo que decía Schopenahuer: Si tenéis motivos para sospechar que una persona os está diciendo una mentira, aparentad que creéis todas sus palabras y esto le dará ánimo para continuar y se entusiasmará de tal manera, que con sus afirmaciones acabará por traicionarse”. 

“El Sapo” juraba en sus conferencias de prensa (“Imagínate, Villarreal, a un delincuente dando cátedra de embustes ante reporteros que jamás investigaban si eran ciertas las decenas de anécdotas”), que por “instrucciones superiores había matado en Lecumberri a varios enemigos del régimen”. 

El exdirector del Servicio Médico Forense en el entonces Distrito Federal, explicaba de forma sencilla una prueba de las mentiras del imaginativo prisionero: “Cada difunto que apareciera en Lecumberri tenía que ser enviado, primero al anfiteatro de la Primera Delegación, fuese la hora y fecha que fuese. Se daba aviso urgente a los familiares de la presunta víctima, para que identificaran el cuerpo y, con el acta respectiva, pasaban los restos para la autopsia de ley, al Semefo, donde funcionaba una oficina del Registro Civil, que expedía la documentación necesaria para el sepelio”. 

Ningún enemigo del régimen llegó al Semefo cuando el mentiroso sujeto estuvo sujeto a proceso, “quien debía una vida sólo una, al llegar al Palacio Negro de Lecumberri, que ni era palacio y tampoco negro”. 

Resulta que el hampón mató por la espalda a un individuo, “me parece que en la calle Comonfort, cerca de la prisión militar que funcionaba en Tlatelolco.  

Estuvo preso ahí unos días y se le consignó a la Penitenciaría; ahí tuvo un problema con un peligroso cubano y logró abatirlo con arma blanca. Son los únicos crímenes comprobados al embustero delincuente”, añadió Fernández Pérez. 

–Mucha gente cree que efectivamente dio muerte a más de 130 personas—dijimos al doctor Fernández. 

–Desafortunadamente para la sociedad mexicana, mientras más fabuloso y aparentemente creíble sea algo, más se incrusta en el imaginario popular. Acuérdate del ilusorio “Chupacabras”, “Chucho El Roto”, etcétera —afirmó el médico forense—. 

Y concluyó: “Cordel Hull decía que una mentira le puede dar la vuelta al mundo, antes que la verdad haya acabado siquiera de vestirse”… 

Cabe mencionar que como anticipo fúnebre de su destino, “El Sapo” fue internado varias veces por mala conducta, en Lecumberri en separos de castigo denominados “Marías”, en remembranza del penal del Pacífico. 

El maleante presumía de ser el autor de la matanza de sinarquistas en 1946, León Guanajuato, donde supuestamente acribilló a 131 inocentes, con disparos de ametralladora. El mismo año mató a un transeúnte en las calles de Comonfort y, por pertenecer a un batallón acuartelado en la Escuela de Tiro, cercana a Lecumberri, fue enviado a la prisión militar de Santiago Tlatelolco.  

Ahí declaró que “desde hacía mucho tiempo, despojaba a civiles en los alrededores, para comprar mariguana en vecindades de la Colonia de la Bolsa, después Colonia Morelos”. 

Se indicaba que a los 9 años de edad, dio muerte a un condiscípulo, clavándole un compás en el tórax, en una escuela de Durango y que pasó cuatro años en la Penitenciaría local, “donde los peores criminales lo adiestraron para pelear y delinquir”.  Si no mintió, (su nombre jamás apareció en la lista de los militares consignados por la masacre de sinarquistas), entonces fue enviado a Guanajuato para proteger el palacio municipal, donde protestarían cientos de personas que no estaban de acuerdo con la “imposición” de Ignacio Quiroz, pues estaban convencidas de que el ganador en elecciones fue el comerciante Carlos A. Obregón.

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