Licenciado Antonio Medina
Recuerdo la Mérida de los años 90, como se recuerdan las cosas que te marcaron el alma: con calma, con cariño y con un poco de tristeza por lo que ya no está. Eran tiempos en los que la ciudad respiraba al ritmo de su gente. Las casas tenían nombres, no precios. Los vecinos se conocían, no se ignoraban. Y aunque no había lujos, había arraigo.
La vida era sencilla. Un sueldo modesto alcanzaba para tener techo, para criar hijos, para vivir sin deudas eternas. Las viviendas eran parte de la historia familiar, no un producto especulativo. Hoy, en cambio, las cifras me abruman. Como abogado inmobiliario veo diariamente contratos de compra-venta con valores que superan los dos, tres o cinco millones de pesos… por casas que en otro tiempo eran accesibles para cualquier familia trabajadora.
Mientras tanto, el salario promedio en Yucatán no llega ni a los $9,000 mensuales. ¿Cómo se explica que una familia tenga que trabajar 20 o 30 años sin gastar un solo peso para poder siquiera aspirar a comprar una vivienda digna? La renta, ni se diga: hay zonas donde un pequeño departamento cuesta más de lo que gana un profesionista al mes. Es una brecha tan absurda como injusta. Un abismo disfrazado de “modernización”.

No culpo a quien viene con respeto y busca vivir aquí. Todos tenemos derecho a encontrar un lugar en el mundo. Pero lo que duele es ver cómo, con cada nueva inversión foránea, extranjera o proyecto turístico, suben los precios y bajan las posibilidades de quienes nacimos aquí de seguir viviendo en nuestras propias colonias. El mercado celebra, pero la comunidad se empobrece.
Los barrios tradicionales se vacían de yucatecos. Donde antes había familias, ahora hay estancias Airbnb. Donde antes se colgaban piñatas, hoy se toman fotos para redes sociales. Mérida se vuelve cada vez más atractiva para el que puede pagarla, y más inaccesible para el que la formó con su trabajo, su lengua, su cultura y su historia.
La legalidad está ahí. Todo se firma en regla. Pero no hay ley que pueda justificar que un obrero tenga que pagar más del 60% de su ingreso solo para rentar una casa pequeña, sin opción a comprar, sin seguridad de permanecer. Esa no es una ciudad justa. Es una ciudad secuestrada por los intereses del mercado.
Como abogado, como hijo de esta tierra, como testigo silencioso de su transformación, lo digo con dolor, Mérida se nos está yendo de las manos. Y no por el cambio, sino por el desequilibrio.
Ojalá podamos devolverle el alma a esta ciudad. Que el crecimiento no nos cueste la raíz. Que el hogar no se vuelva un privilegio. Que vivir aquí no sea un sueño inalcanzable para los propios yucatecos.
Porque Mérida no solo es hermosa por sus calles blancas o sus casonas coloniales. Es hermosa por su gente. Y si esa gente no puede seguir viviendo aquí, ¿qué queda?
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