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EDITORIAL

 

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  • Zona Rosa: Un sueño perdido

Pablo Cabañas Díaz/Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

Era un México, donde la incipiente clase media concentraban sus sueños en la Zona Rosa, que era el sitio donde convivían, a veces pared con pared, las joyerías, las galerías de arte y los restaurantes de alta cocina internacional —o que pretendían serlo— competían con los cafés “a la europea”, mientras las tiendas de ropa de moda o de diseñador y los centros nocturnos convivían en la misma cuadra. Era también el lugar donde la ropa barata se vendía en la camisería Zaga del actor Jorge Che Reyes, del que siempre se dudó que usara las prendas que promocionaba. En esos años, ir a la Zona Rosa representaba un viaje a la opulencia, a la “clase,  eso significaba ser comensal del restaurante Passy o su vecino, el Champs Elysees, o del Rivoli en la calle en la calle de Hamburgo. La calle de Londres era el  escenario de una competencia entre restaurantes  de alta gama, como se dice en estos tiempos entre el Napoleón y La Calesa.

También había tres joyerías de gran lujo en abierta competencia en la confluencia de Hamburgo y Niza. Era los tiempos del Sanborns en las calles de  Hamburgo y Niza  que ofrecía un respiro en sus baños a los empleados que trabajaban en esa parte de la ciudad. Entre Hamburgo y Reforma, estaban El Parador de José Luis, y a unos metros el Normandie y sobre Niza, estaba el Chalet Suizo. También eran los tiempos del café y pasteles en el Duca d’Este, de la pastelería Auseba,  que estaba casi al frente, y del Konditori, tres cuadras más abajo. 

En Reforma y Niza estaba la Librería Francesa y en Reforma y Havre una sucursal del Fondo de Cultura Económica. Podía irse a cines: al Latino, sobre Reforma, y al Roble, también en Reforma, situado a unos pasos de la Zona, apenas cruzando la glorieta de Cuauhtémoc, el cual se convirtió en el gran centro de reunión anual de los cinéfilos, porque allí tenían lugar las espléndidas Muestras de Cine. En la calle de Niza estaba la sala Luis Buñuel, donde los conocedores de cine debatían al final de la película con el público asistente.

La primera galería fue la Prisse, en la calle de Londres, de los pintores Alberto Gironella, Héctor Xavier y Vlady. Se abrió luego la galería Proteo, y después la Misrachi, hoy convertida en un sex-shop. También estaba  la de Antonio Souza, en los altos del Konditori, en la calle Génova, y la Juan Martín, en la calle de Amberes, y la Arvil y la Pecanins llegó a haber cuarenta y dos galerías de arte.

Había los  cafés: Carmel, el Tirol, el Konditori, el Kineret, el Leblón, el Lautrec, el Viena…

El café Carmel abrió sus puertas en un local del pasaje Génova hacia 1956. Pertenecía a Jacobo Glantz, ruso emigrado, padre de la escritora Margo Glantz, había tenido otro local, llamado el Génova, en la planta baja del centro nocturno Montecasino. El Carmel tenía una entrada por la calle de Londres y otra por la calle de Génova. Su famosa pastelería se conservó gracias a que la esposa de Glantz, Elizabeth Shapiro, aprendió a prepararlos con el señor Bondi, dueño del café Viena, austriaco que llegó antes de la segunda Guerra Mundial. 

En 2008 la Zona Rosa se pensó como una Venecia. El proyecto que presentó el gobierno del entonces Distrito Federal proponía que por las calles de Génova, Liverpool, Amberes e incluso Reforma corriera un canal de agua de poca profundidad pero que soportara paseos en góndola. Además, entre otras obras más complejas, se incluía la propuesta de renombrar Londres como la “calle del blues y del jazz”, Hamburgo como la “calle del mariachi” y, finalmente Liverpool como la “calle de los teatros”. El entonces secretario de Turismo, Alejandro Rojas, señaló que el proyecto tomaría unos tres a cuatro años y que se haría, mayoritariamente, con capital privado. Esa propuesta no causó el mismo revuelo que cuando la actual alcaldesa de Cuauhtémoc, Sandra Cuevas, anunció como si fuera un hecho lo que más bien era su intención de construir un alto túnel luminoso con tirolesas sobre la calle de Génova. Entre ocurrencias se acabó un sueño de la clase media, que aspiraba a ser distinta: moderna, elegante, culta. De ese sueño, no queda nada, solo el recuerdo.