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PASILLO POR PASILLO

  • Uno de los más conocidos líderes estudiantiles, según La Noche de Tlatelolco, decía que el Ejército bombardeó con proyectiles de “baja potencia”, llamados “trazadores”, el edificio Chihuahua.

Redacción/La Opinión de México/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/Sol Chiapas/Sol Belice/La Opinión de Puebla

(Segunda de siete partes)

El muchacho no dijo que iría al mitin sino a una función de cine y tras la balacera ya no pudo comunicarse a su domicilio, pues no había celulares y la comunicación se hacía por teléfonos de cabina, accionados con monedas de bronce de 20 centavos. Atrapado en un departamento, salió hasta el día siguiente. Pero aquella noche, la antropóloga se enteró que su hijo no estaba, hasta que llegó a su casa y sus seres queridos le comentaron que “Carlitos no había llegado del cine Tlatelolco”. Aquí cabe mencionar otra mentira avalada por la firma de Elena Poniatowska: redactó la señora que Margarita Nolasco Armas se pasó TODA LA NOCHE buscando a su hijo, “Puerta por puerta, departamento por departamento, pasillo por pasillo del edificio Chihuahua, gritándole a Carlitos”.

Falso. Efectivamente, la familia de Carlitos buscó al muchacho pero no en el edificio Chihuahua, sino en la Tercera Delegación, Procuraduría de Justicia del entonces Distrito Federal y Campo Militar Número Uno.

Por la mañana del día 3, Carlitos logró comunicarse a su casa y un amigo fue por él a la Estación de Buenavista…mientras, ahora sí, el día 3, su madre pidió permiso para entrar al edificio Chihuahua y gritarle hasta que finalmente le dijeron que ya estaba sano y salvo en su domicilio.

Es importante citar que Carlitos es ahora un famoso médico, Carlos Melesio Nolasco y que, tal vez sin intención, desmintió la mayoría de los “testimonios” de La Noche de Tlatelolco, al comentar lo siguiente, en resumen: Él y sus primos estudiaban en un plantel lleno de maestros comunistas y supieron del mitin. Con el pretexto de ir al cine Tlatelolco, se presentaron en los momentos en que estaban ahí las antropólogas Margarita Nolasco y Mercedes Olivera de Vázquez.

Como los muchachos iban fumando, prefirieron no saludar y se escondieron en el edificio Chihuahua. En elevador llegaron al piso décimo segundo y se asomaron por un barandal. En aquellos momentos comenzaron a avanzar los militares, LENTAMENTE Y SIN DISPARAR, pero se escucharon tiros procedentes del edificio multicitado y la gente comenzó a alarmarse y luego a correr, “LOS SOLDADOS DEJABAN PASAR A LA GENTE SIN PROBLEMA” y de pronto, comenzaron a estrellarse balas en el techo del pasillo donde estaban los estudiantes con Carlitos.

Se fueron de ahí para esconderse y una bala provocó un incendio, el velador les dijo que le ayudaran a apagar el fuego, cerrando las válvulas de gas, lo hicieron y el vigilante les ofreció un departamento vacío, a donde nunca llegaron los soldados para “ametrallar puertas y sacar violentamente a los ocupantes”, como asegura la leyenda.

Carlitos y sus primos nunca vieron que los militares dieran muerte a nadie, en cambio, según la señora Poniatowska, él líder Gilberto Guevara Niebla dijo que al ser atrapados por gente armada con ametralladoras, en el edificio Chihuahua, “cerrada la trampa se inició el asesinato colectivo” (¿?).

En estos tiempos, cincuenta años después de la tragedia, todavía hay personas que critican al ahora desaparecido él líder Luis González de Alba, (cuyo libro “Los días y los años” fue plagiado “con su permiso” por la escritora), porque se quejó 25 años después.

Pero las autoridades le dieron la razón a Luis González de Alba y obligaron a Poniatowska a rectificar prácticamente toda su obra. La razón es fácil de comprender: Luis le dio datos y la escritora los acreditó como le dio la gana, y por tanto, algunos personajes nunca estuvieron donde los cita el libro. Lo grave es que ninguno de los “testigos” mencionados por la francesa nacionalizada mexicana, tuvo el valor de confesar que les habían regalado fama gratuitamente y que, algunos tuvieron el cinismo de ofrecer conferencias de prensa para “relatar sus vivencias” en la Plaza de las Tres Culturas.

Uno de los más conocidos líderes estudiantiles, según La Noche de Tlatelolco, decía que el Ejército bombardeó con proyectiles de “baja potencia”, llamados “trazadores”, el edificio Chihuahua. Todos los impactos estremecían el gigantesco inmueble hasta sus cimientos.

Los trazadores eran “para abrir boquetes en los muros, facilitando el fuego graneado de los fusileros paracaidistas, comandados por el general José Hernández Toledo”.

Y como al principio del movimiento estudiantil—que jamás comenzó con “un pleito entre escuelas” como lo aseguró Octavio Paz—a un militar se le ocurrió destruir una puerta centenaria con un bazucazo, un periodista aseguró que el Ejército atacó con bazucas, ametralladoras empotradas en los jeeps y con fusiles de alto calibre, el 2 de Octubre de 1968.

El líder estudiantil Félix Lucio Hernández Gamundi—quien como muchos jamás dijo que lo que le atribuyó como testimonio Elena Poniatowska no era cierto–, estaba escondido en el departamento de su novia, edificio Chihuahua, cuando fue capturado por la policía.

Nada vio pero aparentemente esto declaró: “Cientos de personas vieron que desde el tercer piso del Chihuahua, luego de detener a los que ahí se encontraban, los agentes con guante blanco empezaron a disparar sobre los asistentes al mitin y también contra la tropa que se acercaba. Inmediatamente después, en cuanto los soldados respondieron el fuego, los agentes se cubrieron tras el barandal de concreto de la tribuna mientras encañonaban a los prisioneros que continuaban de pie y con las manos en alto, totalmente descubiertos. Primero el tiro de los soldados daba en el techo, pero conforme la tropa avanzaba sobre la Plaza el tiro bajaba y las esquirlas saltaban ya de la pared.

Entonces se ordenó a los prisioneros que se tiraran al suelo y cuando arreció el fuego sobre el Chihuahua, los individuos de guante blanco, que esporádicamente se identificaban como Batallón Olimpia, empezaron a gritar a coro para hacerse oír durante lo más nutrido del tiroteo: “Batallón Olimpia, no disparen”. Como el fuego era cada vez mayor y empezaban a oírse LAS DESCARGAS DE LOS TANQUES Y SUS AMETRALLADORAS DE ALTO PODER, iniciaron la búsqueda de un woki toki con verdadera desesperación. El que el parecer iba al mando del batallón dio la orden de no disparar más. Se oían gritos de “Ya no dispare nadie, busquen un woki toki”. En los últimos disparos habían reconocido el estampido de los fijadores: BOMBAS DE BAJO PODER ARROJADAS POR LOS TANQUES PARA ABRIR MUROS Y PERMITIR LOS DISPAROS DE LA INFANTERÍA. Con el guante o pañuelo blanco en la mano izquierda pasaban continuamente arrastrándose sobre los codos. No tenían al parecer manera de comunicarse con la tropa que abajo disparaba contra todos. “A nosotros sólo nos extrañaba el que se tardaran tanto en asesinarnos”, concluyó Félix Lucio Hernández Gamundi. Extraña declaración para una persona que no fue testigo presencial por haber estado escondida en el departamento de su novia, junto con otros estudiantes temblorosos.

Pero volvamos al inicio del trabajo, cuando mencionamos las severas sanciones para periodistas…en el extranjero.

Aquí es cosa común el exagerar y mentir hasta con el beneplácito de los editores. Tuvimos conocimiento y fuimos testigos reales de una “volada” cuando la Procuraduría General De la República, combatía o fingía combatir el narcotráfico.

Uno de los reporteros llevó a su familia al puerto de Acapulco, aprovechando que la PGR había convocado para un recorrido por los sembradíos de amapola, destruidos con sustancias químicas arrojadas desde helicópteros artillados.

Unos helicópteros fueron enviados en X dirección, otros en diferente y por la tarde nos reunimos en la sala de prensa. El embustero no había ido, se asoleó en una alberca. Con tranquilidad preguntó cómo había estado la gira de trabajo, y sorbiendo con popote de un coco lleno de agua y ginebra, se frotó las manos y comenzó a escribir. De momento nadie se dio cuenta del texto, pero como antes no había Whatsapp, tuvo que dictar en voz alta su presunta crónica.

Con toda naturalidad, dijo: “En ocasiones, los reporteros tenemos que aventurarnos en los enormes helicópteros de la PGR, para cumplir con nuestro compromiso de mantener informados a nuestros lectores.

“Este enviado especial, junto con piloto y copiloto federales, se salvó de morir al atardecer, cuando narcotraficantes no identificados abrieron fuego contra la nave en que nos trasladábamos. Los proyectiles seguramente eran de bajo calibre, pero abundantes, quizá de alguna metralleta israelí”…Los que escuchábamos nos miramos con asombro y

La nota se publicó en un diario de circulación nacional, sin pruebas de alguna especie, sólo amparada por el “prestigio” tambaleante del mentiroso que “había salvado la vida de milagro, gracias al bajo calibre de alguna ametralladora israelí, cuyos proyectiles se estrellaban inofensivamente contra el fuselaje del helicóptero de la PGR”.

Así, gracias a la magia de las palabras, se ocultaba la verdad o se alteraba con cinismo en aquellos tiempos de imperio del Cuarto Poder, que hoy es zarandeado a diestra y siniestra desde las alturas políticas.

La realidad es que diarios y revistas dependían del “papel periódico” controlado por la Secretaría de Gobernación, a través de entregas regulares de la PIPSA, dependencia que enviaba oportunamente o no, grandes transportes y remolques cargados con enormes rollos de blanco papel para las rotativas.

Si algún medio se “salía del huacal” era sancionado con la entrega inoportuna de su dotación papelera y se procuraba, para evitarlo, cumplir con las recomendaciones especiales del titular de Gobernación en turno: “Nada contra el Presidente, la Virgen de Guadalupe y el Ejército, en ese orden”…

Sin que trascendiera, los representantes de Gobernación llamaban a todas las redacciones y pedían a los directores un resumen de lo que se publicaría al día siguiente, cuáles eran los titulares de las primeras planas, el asunto, etcétera. Cada noche se recibían instrucciones “de alto nivel” para orientar las crónicas. No importaba que fuesen ciertas o alterasen la verdad, “el chiste” era no lastimar el prestigio de los privilegiados del régimen.

En una ocasión, la Cruz Roja avisó a “los cuates”—personal que checaba con frecuencia los informes de la Cruz Verde y la Roja—de que en elegante casa del sur de la ciudad de México, un hijo de acaudalada familia había sido asesinado a golpes con una estatuilla de piedra verde.

Reporteros, fotógrafos, camarógrafos, peritos en Criminalística, etcétera, se presentaron y vieron el cuerpo del muchacho victimado.

Todo era lujo alrededor. Muebles de caoba, cristales de importación, aparatos electrónicos traídos de contrabando, y en medio de aquello, el cuerpo del desventurado. La estatuilla verde tenía huellas digitales, “que no pertenecían al ahora occiso”, por lo que se pensaba que el crimen sería relativamente sencillo de aclarar.

Los reporteros tomaban notas, grababan las declaraciones de sirvientes y parientes y los fotógrafos se cansaron de tomar placas, en especial algunas imágenes donde el muchacho aparecía en el Vaticano, saludando de mano al Papa…

Acostumbrado al sensacionalismo que antes se exigía en las redacciones, para intentar romper récords de venta en algunas ocasiones especiales, todo mundo creyó que al día siguiente, las órdenes de trabajo en los periódicos, revistas, radio y televisión, serían:

“Realizar el seguimiento del crimen, porque seguramente a estas horas ya está identificado el criminal”, etcétera.

En las oficinas de prensa de la Jefatura de Policía, (Plaza Tlaxcoaque), y la Procuraduría de Justicia del Distrito, al día siguiente, la novedad fue que ningún periódico ni revista publicó la crónica policiaca, radio y televisión no mencionaron el crimen y la vida siguió su curso en la ciudad de México. Ese homicidio fue ocultado porque el padre del sacrificado, (a quien algunas personas calificaban como gay), era súper influyente y logró impedir la difusión de su drama.

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