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PLAGADO DE CRIMINALES

PERSECUCIÓN RELIGIOSA 

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  • La historia de una presa nacida en Querétaro el 2 de noviembre de 1891, Concepción Acevedo y de la Llata, “La Madre Conchita”, creció sin problemas económicos e inesperadamente decidió convertirse en monja 

Redacción/Sol Quintana Roo/Sol Yucatán/Sol Campeche/La Opinión de México 

 (Segunda de siete partes) 

Ciudad de México.- ¡Primero de abril de 1926! ¡El culto de la iglesia suspendido! ¡Sus templos, capillas y colegios, cerrados!  

Nacida en Querétaro el 2 de noviembre de 1891, Concepción Acevedo y de la Llata, “La Madre Conchita”, creció sin problemas económicos e inesperadamente decidió convertirse en monja, lo que implicaba la separación de su familia… pero no cambió de opinión. El 31 de mayo de 1911 fue presentada como postulante en la Comunidad de Capuchinas Sacramentarias. 

Durante la persecución religiosa ella y otras monjas se ocultaron en varios domicilios de la ciudad de México y conocieron a José de León Toral y al padre Agustín Pro, nacido también en 1891.  

El religioso la convenció de ofrecerse como víctimas a la Justicia Divina, por la salvación de la fe en México, por la paz de la iglesia y por la conversión de los perseguidores de la misma.  

El 13 de noviembre de 1927 ocurre un atentado dinamitero contra el general Álvaro Obregón, en el bosque de Chapultepec. El padre Pro, sus hermanos Roberto y Humberto, así como el ingeniero Luis Segura Vilchis y Juan Tirado Arias son arrestados como presuntos responsables del complot y el día 23 son fusilados en la Inspección de Policía, excepto Roberto Pro, por ser menor de edad.  

Los cuerpos fueron llevados al Hospital Militar, José de León Toral, Anita Pro y la “Madre Conchita” recogieron sangre con pañuelos, Anita fue consolada por José, quien se dedujo, tomó la decisión de vengar a su gran amigo Humberto, y la monja musitó cerca de un oído del religioso: “No se olvide el compromiso”.  

José de León Toral acribilló a tiros al general Obregón en el restaurante La Bombilla, el 17 de julio de 1928, y salvajemente atormentado, dijo que “La Madre Conchita” podía comprobar que era católico.  

El 18 de julio de 1928, policías llevaron a José de León Toral a donde se ocultaban las religiosas y las arrestaron. La Madre Conchita estuvo de pie varios días, sus piernas se deformaron y finalmente la sometieron a un juicio en la cárcel de Mixcoac, donde el diputado Gonzalo N. santos —quién fue asesino de un estudiante y cobardemente dijo ser inocente— le apagó un puro en el cuello y le rompió una pierna a patadas.  

La religiosa fue sentenciada a 20 años de prisión y José de León Toral, a la pena de muerte por fusilamiento.  

Previamente, el licenciado Ezequiel Padilla, Procurador General de la República, la calificó de “cínica loca, endemoniada, herética, criminal, delincuente, depravada, fanática”…  

El 9 de febrero de 1929 fue fusilado el dibujante homicida y en el mes de mayo, un celador le dijo a Concepción que había salido en el periódico que la iban a llevar a las Islas Marías y los guardianes de las murallas le mandaron unas limas para cortar barrotes y “la sacaremos por arriba, pues en las Islas Marías le pueden hacer lo que usted no se imagina”… pero ella se opuso rotundamente.  

Tras dormir un poco, fue despertada porque la reja de hierro de la Crujía de Ampliación de Mujeres, en Lecumberri, se estremecía por los fuertes golpes que aplicaban en ella, un grupo numeroso de hombres subió por las escaleras y le fue presentado el director del penal de las Islas Marías.  

–Le aviso a usted, señorita, que hoy nos vamos a las Islas. Tiene usted 30 minutos–, dijo.  

Los celadores hicieron un atado del colchón, almohada y ropa de cama, poniendo en su interior otros objetos, y al llegar al patio se encontró rodeada de muchísimas señoras y señoritas, dignas mujeres católicas, sinceras, que habían luchado por defender su fe y la libertad de cultos y conciencia.  

Al llegar a la calle recibió una impresión desagradable, dos hileras larguísimas de soldados de línea, situados de la puerta en adelante, formaban una valla que a duras penas resistía el empuje de la multitud que luchaba por verlas. Con gritos estentóreos se dieron órdenes a los militares. 

LA MADRE CONCHITA 

La Madre Conchita contaba que al organizarse la “cuerda” para las Islas Marías, los soldados formaron dos filas en medio de las cuales fueron colocadas todas las mujeres que, cargando sus “chivas” arrastraban sus pies y su dolor, en mayo de 1929… 

Siguiendo el paso marcial de la tropa, las mujeres se hundieron en la sombra que cubría los llanos cercanos a la Penitenciaría, a través de los cuales estaba tendida la vía del Ferrocarril de Cintura.  

Luego de un buen tiempo de camino, en alguna estación un teniente coronel le advirtió a Conchita: “A usted es la primera que tengo orden de matar, en caso de que los cristeros pretendan liberarlas…mucho cuidado”.  

En un lugar denominado Las Juntas de Guadalajara, subieron al convoy más cristeros y cristeras, atados aquellos unos con otros por las muñecas.  

Un militar ordenó poco después dejar atrás a las cristeras junto con grupo de soldados, porque había órdenes de pasar Los Altos con pocos presos y pocos soldados, porque se temía que los cristeros asaltaran el tren, “así no serían muchos los que se tuvieran que sacrificar en caso de ataque”.  

En un cerro se vieron muchos cristeros armados, a caballo, pero dieron media vuelta y se internaron en los bosques.  

Al llegar a Manzanillo, puerto de embarque para las “cuerdas”, bajaron a los cristeros y los condujeron a la cárcel municipal. A las monjas y cristeras las llevaron a una casa grande y vacía. Había 16 religiosas y 184 guerrilleras.  

Fue el 13 de mayo de 1929, cuatro días después del arribo a Manzanillo, cuando se oyó la potente sirena de un barco, el “Washington”, contratado para la cruel faena. Una escolta de 33 soldados subió con la “cuerda”. Fueron 25 horas de navegación, el desembarque fue en la isla María Madre, aproximadamente a las 5 de la tarde, del 14 de mayo de 1929. Las guerrilleras estarían poco tiempo, pero La Madre Conchita estaba sentenciada a 20 años de cautiverio. 

El 14 de julio de 1929, las 184 prisioneras —menos una— se despidieron de la religiosa porque las habían liberado y se tenían órdenes de llevarlas a México, “se notó en seguida un movimiento inusitado, alegre ir y venir de todos y de todas, ya estaban libres. Todas las muchachas empezaron a llegar en pequeños grupos a despedirse de mí. Lloraban, me abrazaban y procuraban darme ánimos diciéndome que de seguro en el siguiente barco dejaría yo el destierro”, comentó La Madre Conchita en su oportunidad.  

Inesperadamente, María Grajales —acusada de llevar municiones a los cristeros— mejor conocida como “La Pichita”, por su corta estatura, rompió su boleta de libertad y dijo: “Yo me quedo con La Madre Conchita, para cuidarla en medio de tantos hombres”.  

Nunca más se separaron las amigas, para donde fuese la religiosa iba María Grajales, quien le brindó su amistad desde que viajaban en la “cuerda” hacia las Islas Marías.  

El tiempo pasó y el 24 de enero de 1933, en el semanario “La Trinchera”, que se publicaba en La Piedad, Michoacán, dirigido por José Hernández G., apareció en su número 22, la siguiente “noticia”: “Contrajo matrimonio La Madre Conchita, con el general Francisco J. Múgica, exgobernador de Michoacán. Nuestro estimado colega “El Correo de Zamora”, nos da la noticia de que la señorita Concepción Acevedo y de la Llata, comúnmente conocida como “La Madre Conchita” y que tanto ha figurado en el proceso que se sigue contra los cómplices del asesino José de León Toral, quien dio muerte al general Obregón, acaba de contraer matrimonio con el caballeroso michoacano, general Francisco J. Múgica, exgobernador de Michoacán y actualmente director de la Colonia Penal del Pacífico. Nos abstenemos de hacer comentarios por no saberlo de una manera oficial”.  

La “noticia” no corrió con la rapidez que actualmente se hubiera registrado, no, llegó primero a la mesa del director del periódico El Nacional—ya desaparecido—ingeniero Luis L. León, quien se la envió inmediatamente al general Múgica. En menos de un mes (según relataba el licenciado Javier Piña y Palacios) la “noticia” salió de Michoacán, llegó a México y fue conocida en las Islas Marías. El general se apresuró a rectificar. Se conocieron dos versiones, dijo Piña y Palacios.  

La oficial rezaba: “Isla María Madre, 16 de febrero de 1933. Su número 22 publica nota mi matrimonio con señorita Concepción Acevedo y de la Llata. Tratase de una maniobra reaccionaria atacando mis convicciones y la moral social de que he dado reiteradas pruebas. Ruego hacer rectificación para normar concepto opinión pública. Gracias. General Múgica”.  

La versión particular: Amigo y correligionario, ingeniero Manuel Bonilla. “Respecto a lo de la monja y a mi matrimonio con ella. Usted sabe que el elemento clerical del país está muy indignado por la actitud asumida por La Madre Conchita, ante los tribunales de la República, pues obligada por una sistematizada campaña de nuestos y de responsabilidades que los directores del alto clero trataron de arrojarle encima, reaccionó en el sentido de la verdad y de la moral humana y ha puesto el dedo en la llaga clerical, desenmascarando a los verdaderos autores intelectuales del asesinato del general Obregón y, como corolario, se trata de desprestigiar al impío, suponiéndolo capaz de aprovechar la situación de las personas colocadas bajo su férula, para aprovecharlas en beneficio de la colectividad revolucionaria; por fortuna, se ha acreditado tan grandemente en la conciencia nacional, que no tiene necesidad de maniobras sucias para descubrir a sus enemigos”.  

Y su amigo, diputado michoacano Ernesto Soto Reyes, le escribió a Múgica que el general Calles estaba bastante complacido de que el director de las Islas Marías hubiese logrado convencer a la religiosa para que hablara sin miedo a los altos prelados católicos, revelando cuanto sabía en torno al asesinato del general Álvaro Obregón, “celebro que el general Calles reconozca el enorme sacrificio que usted ha prestado a la Revolución y en lo particular le ha prestado al mismo Jefe Calles, al destruir con las declaraciones de la señorita De la Llata la burda calumnia de la cleresía de que el asesinato del general Obregón era político e inspirado por el propio general Calles”, indicó el diputado.  

(El ingeniero Bojorques en su obra sobre las Islas Marías hizo alusión a regímenes anteriores al del general Múgica y dijo sin titubear que “los demás directores no dejaron otra huella de su paso que algunos cortes de maderas finas y la ejecución de objetos para su uso personal, pero también dejaron huellas en las espaldas de los colonos, pues no encontraron otra forma de corregirlos que el empleo del látigo, y los explotaron brutalmente en trabajos particulares, aplicándoles castigos de los más infamantes”).  

Y volviendo al tema de la Madre Conchita, Miguel Gil, del periódico La Prensa, escribió en su libro “La Tumba del Pacífico”, que de las seis de la tarde en que se reunían los presos en los patios de sus barracas, hasta las nueve, “sus cánticos forjaban una tristeza impresionante, pues como cánticos de diferentes estilos, cada uno de los presos entonaba las canciones de su tierra, y unos eran del Norte, otros del Sur, otros más del interior o de las costas, los estilos diferían y hacían una mezcolanza que se prestaba a la meditación, pues cada una de esas canciones traía un recuerdo, una añoranza dolorosa, el eco de lares lejanos, lenguaje y folklore semejante y siempre interesante”.  

Era en ese período de tiempo cuando se experimentaba la sensación del destierro, cuando el corazón se encogía y se pensaba en la libertad y se echaba a volar el pensamiento, que atravesaba el océano Pacífico como una exhalación para ir en busca de los seres a quienes se amaba y recordaba. 

“¿Qué dirían aquellos a quienes la justicia separó del seno social, para enterrarlos en la tumba del Pacífico por diez o veinte años?” —preguntaba Miguel Gil. Y la religiosa había sido sentenciada a 20 años de prisión.  

En la Colonia Penal había existido un porcentaje de sujetos relegados sin sentencia judicial, ese último grupo estaba constituido por vagos y malvivientes, entre los cuales había toda la entonces gama del mundo del delito, que abarcaba las más diversas modalidades del robo, desde el cometido por el simple raterillo hasta el del “paquero” internacional pasando por los “carteristas”, “cruzadoras”, “guitarreros”, “cristaleros”, “espaderos”, etcétera, según los calificaba un acertado léxico policíaco. Así como a los explotadores del servicio, traficantes de drogas, tratantes de blancas y un grupo de sujetos que merecería consideraciones especiales (los homosexuales) y reos por delitos de disolución social, recluidos debido a las circunstancias internacionales. Esta clase de sujetos —explicaba el doctor Eusebio Dávalos Hurtado, en un estudio antropológico— formaba un grupo totalmente diferente de los criminales sentenciados e inclusive éstos procuraban no tener contacto con los individuos llamados “de gobierno”.  

Por su parte, el doctor Siegfried Askinasy comentó tras una visita a las Islas Marías, que los penados —entre los cuales había sentenciados a la pena capital, conmutada por veinte años de deportación— vivían en barracas de ladrillo, de dos pisos, con cuartos de dos por tres metros, cuyas puertas ni siquiera tenían candados. ¡Cuántos jornaleros envidiaban el rancho de los penados de las Islas Marías! ¡Cuántos campesinos -decía- vivían en chozas de adobe, junto a las cuales las barracas citadas podrían pasar por palacios!  

En otros tiempos, aseguraba, cuando lslas Marías fueron realmente un infierno, se registraron varias evasiones, fracasadas casi todas de la manera más trágica. Los reclusos, llevados hasta la última desesperación por las terribles condiciones en que vivían y los crueles castigos corporales que se les imponían por la menor falta, preferían arriesgar la vida aventurándose a alta mar en ligeras canoas pescadoras y hasta en balsas; y si algunos pocos lograron fugarse de la entonces verdadera “Isla del Diablo”, los demás fueron capturados y fusilados, o perecieron en el mar.  

Todas esas crueldades que tan funesta fama dieron a las Islas Marías; los trabajos de sol a sol en las salinas, que los presos efectuaban dentro del agua saturada de la laguna, cuyos cloruros les producían espantosas llagas; la cuadrilla “Relámpago”, un tormento que consistía en cargar y descargar piedras sin detenerse ni un solo instante, ni tan siquiera para enjugar el sudor y la sangre que manaba abundantemente de las desnudas espaldas heridas por las piedras y los látigos de los capataces; las flagelaciones hasta la pérdida del conocimiento, que se practicaban a diario, colgando al preso de un árbol, todos estos horrores “pertenecieron al siniestro pasado del Penal del Pacífico”.  

La Madre Conchita recordó todo esto en sus memorias, pero, en especial, cuando conoció a quien sería su esposo, el llamado dinamitero Carlos Castro Balda. Ella fue nombrada bibliotecaria en Lecumberri (estuvo en varias cárceles) y con el pretexto de leer libros, el extremista le contó de su responsabilidad histórica y por ende penal, de la dirección intelectual y participación personal que había tenido en “la ruidosa protesta hecha en la Cámara de Diputados, con unos petardos que explotaron en uno de los sanitarios de la misma”, por la actitud de aquella legislatura ante la persecución religiosa.  

En la primera oportunidad Carlos Castro Balda le propuso matrimonio, que por el momento, rechazó rotundamente la religiosa, aunque el exguerrillero le ofrecía apoyo moral y su nombre, pues los enviarían a las Islas Marías, donde alguien tendría que defenderla seguramente.  

“No hay ni la más remota posibilidad de que venga un sacerdote, por la incomunicación ordenada. Así que debemos apelar a los extremos autorizados en este tiempo por la suspensión de cultos y suplir con un acta la formal promesa que se hacía ante el ministro de Dios”. 

“No podrá usted volver al convento cuando salga y eso va para largo. Le es indispensable un respeto y alguien que pueda defenderla en todos los terrenos contra cualquier enemigo bajo y vil. No dude más y levantemos un acta que firmaremos con testigos, como es previsto para el caso. La iglesia lo autoriza por la suspensión de cultos y la persecución”, decía Carlos Castro Balda.  

La religiosa aceptó, firmaron ambos y dos testigos internos, era la promesa de casarse ante un sacerdote… Ella explicó que se casó porque “Dios manifestó, por las circunstancias que la rodeaban, que tal era su voluntad”. Pero, objetarían algunos: “¿Cómo? Si las monjas no pueden casarse”. 

Efectivamente, comentó, “a las monjas no les es lícito casarse. La religiosa, al profesar, promete ser esposa de Jesucristo, sus primeros votos temporales, por cinco años, emitidos al terminar el noviciado, son perpetuos y solemnes; sin embargo, al casarme, lo hice con toda legitimidad”. 

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