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NARCOBRUJERÍA, NARCOESOTERISMO Y CATOLICISMO

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*Narcotráfico: Donde se entremezclan brujería, religión y fanatismo 

*Veneran lo mismo a San Juditas, que al Divino Niño, La Santa Muerte o a Satanás 

Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

(Primera de dos partes)

Ciudad de México.- En el sórdido mundo del narcotráfico, no solo priva la traición, la deslealtad, la violencia; también se entremezclan la religión, el fervor católico llevado hasta el fanatismo, la superstición, la superchería y la brujería, donde entre rezos y rituales satánicos, los narcos piden puntería para asesinar; habilidad para huir, inteligencia para pasar su carga, pero sobre todo, protección, divina o demoniaca, para que no los atrapen o los maten. 

Desde hace al menos medio siglo, Colombia y México marchan entrelazados por el narcotráfico, entre una mezcla de creencias y ritos, de brujería y tradiciones propias de la religión católica, en la que están presentes lo mismo el rezo, la adoración a los santos y las referencias a personajes bíblicos, que el culto a la santería, a santos apócrifos o a Lucifer, en sangrientos ritos satánicos para pedirle éxito en sus fechorías. 

Aquí en nuestro país, los rituales de adoración al Diablo o a personajes ficticios, cuya santidad les fue otorgada por los mismos criminales, se confirmaron una vez más con el operativo policial realizado el 22 de octubre de 2019 en el barrio de Tepito, donde se descubrieron detalles de prácticas santeras, esotéricas o diabólicas. 

El dispositivo policial fue montado para capturar a Óscar Andrés Flores Ramírez, alias “El Lunares”, líder del Cártel La Unión Tepito, el más poderoso y sanguinario de la Ciudad de México, pero al llegar a la guarida del capio, situada en las calles de Jesús Carranza, en el popular barrio considerado como el más grande almacén de drogas, sólo encontraron a segundones. 

Pero si bien el cabecilla había logrado escapar en esa ocasión, sí se encontraron evidentes rastros de la santería: un altar ganga, de origen africano, rodeado de cráneos humanos, máscaras demoníacas, crucifijos, estatuillas y decenas de palos de madera, además de armas y drogas. 

En el tabernáculo, cercado por cráneos y huesos humanos, se encontraron retablos de agradecimientos a La Santa Muerte por los favores recibidos. Testimonios de los vecinos señalaron que en ese lugar se hacían rituales de santería y a “La Niña Blanca” o La Santa Muerte. 

En el lugar también se hallaban una serie de imágenes religiosas, lo mismo de la Virgen de Guadalupe que de San Judas Tadeo, San Charbel, así como cuchillos y restos humanos, utilizados en ritos de una variante del Palo Mayombe de la religión yoruba de África, en las que los principales pedimentos eran eludir a sus perseguidores y salvarse de las balas. 

La protección divina o demoníaca, según se vea, solo le duraría tres meses al “Lunares”, pues el 31 de enero fue aprehendido y se halla sujeto a proceso por diversos delitos. 

Años atrás, en 1989, en uno de los operativos realizado en Tamaulipas para detener a Adolfo de Jesús Constanzo, líder de la banda denominada “Los Narcosatánicos”, la policía se encontró con un dantesco y aterrador escenario. 

En el centro de la finca se hallaba un caldero de hierro, lleno de aguardiente, del que emanaba un hedor pestilente, con rastros de sangre reseca, parte de un cerebro humano, trozos de corazón, restos de una columna vertebral, cenizas, machetes, ajos y una tortuga asada. 

En dichas prácticas con seres humanos y con animales, los criminales suponían que al beber la sopa del caldero, formada con la sangre de las víctimas, su cerebro y demás elementos que completaban el siniestro brebaje, adquirirían invisibilidad e invulnerabilidad a las balas, además del poder que desearan. 

Como en el caso del “Lunares” tampoco le sirvió la santería, pues en mayo de ese mismo año, cuando estaba ya cercado, Adolfo de Jesús ordenó a uno de sus cómplices que lo matara y después se suicidara, “para encontrarse en el más allá donde resucitaremos”; sus cómplices fueron capturados de la manera más simple, pues creyéndose invisibles pretendieron cruzar tranquilamente entre los agentes seguros de que no los verían. 

En México, el culto a la Santa Muerte o La Niña Blanca tiene cientos de miles de seguidores en todo el país, pero es en el barrio de Tepito donde tiene mayor feligresía, aunque su veneración se extiende a otros países. 

La tradición de «La Niña Blanca» o la «Santa Muerte», se dice que data del siglo pasado en el pueblo de Catemaco, Veracruz, donde se cuenta que la figura de un esqueleto cubierto con una manta y portando una guadaña, se le apareció a uno de los habitantes de aquel poblado y le ordenó que difundiera su culto. 

Cuentan que “La Niña Blanca” concede todos los milagros que le pidan, pero si no le cumplen con el culto ofrecido, se los cobra con la vida de un ser querido, por lo que es común ver altares en su honor, con su imagen, rodeada de veladoras, incienso, dulces, bebidas alcohólicas y comida.