NarcotráficoReportajes Especiales

“TUVE QUE SACAR UN CORAZÓN PARA PROBAR MI VALOR”

*Jorge, de 16 años, fue a una entrevista para trabajar en un rastro, con un sueldo de 5 mil pesos semanales. Jamás imaginó que sería contratado para desollar personas

*Cuando tenía cuatro años, Orlando fue testigo de cómo descuartizaron a su hermano, al que su padre había ofrecido como sacrificio a Los Zetas. Su progenitor lo internó en un orfanato, pero escapó y comenzó a vivir en la calle, donde lo contactó el CJNG y  se convirtió en sicario

*Engañados o a sabiendas, han sido miles los niños, adolescentes y jóvenes que llegaron a algún cártel del narcotráfico o que aún forman parte del grupo y lo más dramático es que al parecer esa pesadilla no termina

José Sánchez López/Corresponsalías Nacionales/Grupo Sol Corporativo

(Cuarta y última parte)

Ciudad de México.- Jorge (nombre ficticio), un joven de 16 años, relató que tuvo que sacarle el corazón a un cadáver para demostrar que tenía las agallas suficientes para formar parte de un cártel del narcotráfico.

Su reclutamiento fue en 2018, cuando un amigo le comentó sobre una oferta laboral para ser ayudante general en un rastro, con un sueldo de 5 mil pesos semanales.

Cuando le dijeron que si la sangre lo asustaba mejor que ni fuera, no sospechó nada, pues sabía que se trataba de un rastro.

Jamás imaginó que sería contratado para desollar personas.

Acudió a la entrevista laboral; sin embargo, notó algo extraño al darse cuenta de que en el lugar no había un área dedicada al ganado, pero ya no pudo decir que no.

“Después de media hora se me acercó un señor que me dijo que me pondría a prueba para saber si tenía ‘huevos’ y que superarla sería esencial para poder ser contratado”. La prueba consistía en extraer el corazón de una persona que acababan de matar.

Tenía que hacerlo sin mostrar ningún tipo de remordimiento y, en caso de no hacerlo, terminaría haciéndole compañía.

Tras superar la prueba, los sicarios dispararon balas al aire y lo felicitaron en medio de aplausos y palmadas en la espalda, incluso hubo quien le pidió que le diera una mordida.

“Un corazón es más pequeño de lo que parece en las películas. No sé… son esas cosas que uno sabe ahora y que desearía nunca saber. O como que la sangre no es roja, es más bien negra en algunas partes del cuerpo”, dijo.

Jacobo, de 16 años, se unió voluntariamente al cártel: “me encargaba de torturar a miembros de cárteles rivales, mis compañeros los secuestraban y yo les sacaba la información a madrazos. Una vez que teníamos lo que queríamos, los matábamos, a veces los pozoleábamos (disueltos en ácido), los descuartizábamos o les dábamos de balazos”.

Después de un tiempo le encargaron que asesinara a un miembro del mismo cártel que había traicionado al CJNG. A plena luz del día, en un lugar público y como prueba debía tomar fotos del cadáver al terminar.

Así lo hizo y hubo muchos más, pero después lo consideraron como un riesgo para la seguridad del mismo grupo y lo mandaron a matar. Lo tirotearon entre varios. Recibió un disparo en la cabeza. Lo dieron por muerto y abandonado en la escena del crimen.

Pero, contra todo pronóstico, el adolescente se salvó. Despertó días después, esposado a una cama de hospital. Desde entonces se halla confinado.

Cuando tenía cuatro años, Orlando fue testigo de cómo descuartizaron a su hermano, al que su padre había ofrecido como sacrificio a Los Zetas. Su progenitor lo internó en un orfanato, pero escapó y comenzó a vivir en la calle, donde lo contactó el CJNG y  se convirtió en sicario.

Vengarse de su padre se convirtió en su única razón para seguir vivo, pero este ya había muerto; “después de un tiempo me di cuenta de que tenía mucha ansiedad y esa ansiedad solamente se me curaba con la muerte. Si no miraba a alguien muerto o no mataba, no estaba a gusto”.

A la edad de 13 años, Iván empezó a halconear (vigilar) para un grupo organizado, pero pronto ascendió y se volvió un asesino a sueldo. “Estuve como un año, pero ya no me gustó matar a gente y me les pelé; ahora vivo aquí, en la cárcel, y prefiero no salir”.

Engañados o a sabiendas, han sido miles los niños, adolescentes y jóvenes que llegaron a algún cártel del narcotráfico o que aún forman parte del grupo y lo más dramático es que al parecer esa pesadilla no termina.

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