- *Después de dos años, Edmar decidió contar su historia
- *Su exnovio la golpeó brutalmente dentro de su vehículo.
- *80 % menos de labio, 0 % de justicia
- *El cuerpo se cura. La impunidad, no.
- *“La justicia aquí es una basura.”
- * El miedo y la vergüenza siguen del lado equivocado
Por Ericka Contreras Pérez.
El miedo y la vergüenza siguen del lado equivocado. La persona agresora es quien debería tenerlos, pero las víctimas continúan cargándolos.
Después de dos años, Edmar decidió contar su historia: la de una mujer que sobrevivió a un intento de feminicidio y que desde entonces enfrenta otra batalla, la de la impunidad. Porque en este país, cuando el agresor tiene familia dentro de la Fiscalía o el Gobierno, la justicia se convierte en un trámite perdido.
“Me costó dos años decidir si hacer esto o no”, escribió. Lo dice porque sabe que hablar tiene consecuencias. Porque en México una mujer tiene que prepararse emocionalmente para contar cómo casi la matan, sabiendo que enfrentará comentarios crueles, dudas, juicios y burlas. Aquí, la víctima debe justificarse por sobrevivir.
El 11 de octubre de 2023, su exnovio B.E.C.C. la golpeó brutalmente dentro de su vehículo. Le destrozó el rostro, le arrancó de una mordida el 80 % del labio inferior y siguió golpeándola hasta que ella logró lanzarse del coche y correr, descalza y ensangrentada, buscando ayuda. Nadie le abrió la puerta. Por miedo, por indiferencia o por esa costumbre nacional de “no meterse” e ignorar la violencia, especialmente hacia niños y mujeres.

Estuvo una semana hospitalizada sin reconocer la hora, los días ni su propia cara.
No podía comer bien, no podía hablar sin dolor. Dormía entre medicamentos, con la luz blanca del pasillo filtrándose por la puerta, y con el eco de los golpes volviendo una y otra vez como una pesadilla que no terminaba.
Quería ver a su hijo, quien ahora, por seguridad, vive con su padre. Esa distancia es una herida más: un tipo de amputación que no se nota a simple vista, pero que sangra por dentro. Lo acepta por miedo a que el agresor se acerque, por protegerlo. Y aunque sabe que es lo correcto, la culpa es un peso constante en el pecho.
En la Fiscalía clasificaron su caso como violencia familiar, no como intento de feminicidio. Eso, aunque ella nunca vivió con su agresor, aunque la agresión fuera evidente, aunque las pruebas hablen por sí solas.
Ella misma entregó la carpeta a la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama, y la respuesta fue la misma que escuchan miles de mujeres cada año: “ya lo checamos.” Esa frase es todo un sistema: “Ya lo checamos” significa “no vamos a hacer nada.”
Es la cortesía con la que se entierra una denuncia. La forma más silenciosa de impunidad.
Desde el ataque y posterior denuncia no ha habido ni una audiencia. Ninguna acción de las autoridades contra B.E.C.C. El agresor sigue su vida sin consecuencias, mientras ella ha tenido que reconstruirse entre cirugías, medicamentos y diagnósticos de ansiedad y depresión. Estuvo cerca de quitarse la vida.
Y como pasa en muchos casos, fue su madre y un grupo de amigas quienes la han acompañado y motivado a sanar cuerpo, alma y mente.

Dice: “La justicia aquí es una basura.” Y lo es para ella, porque su caso muestra cómo opera la impunidad: Primero, clasifican mal el delito. Después, hacen todo lo posible para desgastar a la víctima. Y cuando ya no puede más, cierran el expediente.
Cada 11 de octubre, Edmarr celebra haber sobrevivido. No como efeméride ni como victoria, sino como acto de resistencia. “Ese día no morí”, dice. “Aquí sigo, viva y más viva que nunca.” Y eso ya es mucho decir en un país donde cada día son asesinadas entre 10 y 12 mujeres.
Su historia tiene un mensaje que debería ser obvio, pero no lo es: “Jamás permitan una falta de respeto, por más pequeña que sea. Porque ahí empieza todo.”
La agresión no comenzó ese día en el auto. Fue antes: con celos, insultos disfrazados de bromas, revisiones del teléfono, disculpas falsas. La violencia no aparece de pronto: se normaliza. Y cuando la sociedad calla o la autoridad “checa” en lugar de actuar, el feminicidio deja de ser tragedia individual para convertirse en responsabilidad colectiva.

En Quintana Roo, los números lo confirman. En 2024 se registraron más de 25,900 casos de violencia contra mujeres, de los cuales 16,500 fueron víctimas nuevas. Y en lo que va de 2025, las llamadas de auxilio por violencia de pareja han aumentado un 23 %.
Los discursos oficiales no alcanzan a cubrir esas cifras. Mientras las autoridades presumen campañas violetas, las víctimas siguen esperando audiencias, peritajes y justicia. Los agresores siguen caminando libres, algunos con conexiones, otros con la certeza de que el sistema los protege mejor que cualquier abogado.
Edmar sobrevivió. Pero su historia no debería ser una excepción ni una anécdota inspiradora. Debería ser una alerta. Porque mientras el miedo siga del lado de las víctimas, la impunidad seguirá del lado de los agresores. Y eso —más que una falla institucional— es una decisión política.
Edmar te abrazo con respeto y admiración. Primero, por denunciar —legal y públicamente— cuando lo más fácil habría sido callar.
Ojalá que este capítulo no se convierta en tu historia, sino en la puerta para dignificarte como mujer y como madre.
Que la culpa no pese más que la verdad, ni el miedo más que la esperanza.
Que te sepas completa, incluso con las cicatrices. Y que recuerdes —cada vez que te mires al espejo— que sobrevivir fue apenas el comienzo.
El miedo y la vergüenza siguen del lado equivocado. Tu nos recuerdas que todavía hay quienes se atreven a moverlos de sitio.
Síguenos en Google News
Te podría interesar:





