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EDITORIAL

 

ANÁLISIS A FONDO

LOS CAPITALES

EN EL VAIVÉN DE LA GRILLA

UN MÉXICO, DIFERENTES CULTURAS

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Santiago Alamilla Bazán

Hace 5 meses, el 24 de octubre del año pasado, la población de Acapulco sufrió el embate de un huracán de categoría 5, el más fuerte en el Pacífico hasta el momento. Nadie les avisó, nadie les dijo, no hubo alertas de huracán, ni en la radio ni en la televisión, la gente hizo su vida normal. “Se espera una tormenta tropical” habría dicho la gobernadora en un mensaje por Instagram desde un lugar indeterminado fuera del estado, “no se alarmen” dicen los pobladores que alcanzaron a verlo ya que hoy no existe más ese video en las redes, desapareció sin dejar rastro como decenas de personas.

La situación en Acapulco es verdaderamente intimidante, toda la ciudad está custodiada por la Guardia Nacional y el Ejército Mexicano, la policía solo apoya a veces, para dirigir el tránsito ya que a pesar del tiempo todavía no funcionan los semáforos lo que hace aún más caótica la circulación.

El crimen organizado manda en esta población del Pacífico, hace apenas unos días asesinaron a un transportista, un joven que con gran esfuerzo logró comprar una camioneta Urvan para hacer viajes con pasajeros que necesitan ir a Chilpancingo a realizar actividades ante las autoridades burocráticas, su crimen fue no querer pagar el derecho de piso a los delincuentes, y así sin valor ni respeto hacia las vidas humanas la suya fue cegada y su cuerpo tirado, como basura, en uno de los cerros del pueblo. Aquí sí funciona a la perfección la política de los abrazos para los delincuentes y los balazos para las personas que tratando de ganarse honradamente la vida, la pierden.

Pero no solo es el crimen quien no respeta la vida de las personas, las mismas autoridades que supuestamente tendrían la responsabilidad de la búsqueda y localización de las decenas de desaparecidos, muchos de ellos provocados por su propia omisión de informar, de abrir albergues y de llevar a las personas en riesgo a ellos, tratan con desprecio a los deudos, desde negarse a atenderlos por no contar con la documentación necesaria como actas de nacimiento o credenciales para votar, documentos según ellos indispensables para acreditar el interés, hasta al grado de extraviar los hallazgos que la Marina Armada de México recupera en sus operaciones de búsqueda de los desaparecidos, y después tratar con desdén y majadería a las madres que perdieron a sus hijos menores de edad que portaban las prendas que la Marina encuentra y la fiscalía pierde.

La autoridad municipal es invisible, no parece que entiende cuál es su función en el entramado de la administración pública. El alumbrado se encuentra apagado en gran parte de la ciudad, aún se ven los postes tirados en el piso, lo más que han hecho ha sido arrimarlos a los camellones o a las aceras, pero en los techos de los edificios aún se cuentan por decenas las estructuras retorcidas de los espectaculares publicitarios, las tuberías de agua potable, flexibles y de la peor calidad permanecen expuestas, con enormes fugas que encharcan las calles y en especial las zonas de viviendas irregulares en los cerros del puerto.

Muchos de los hoteles y edificios mantienen aún la cristalería rota, los vidrios quebrados e incompletos aún están en lo que queda de sus marcos, lo que es un potencial peligro por desprendimiento que pudiera lastimar a las personas que se encuentran bajo de ellos. La mayor parte de las construcciones que se vinieron abajo en las zonas pobres, aún están llenas de escombros, las ropas de los niños que vivieron ahí siguen semienterradas en los alrededores, la autoridad municipal no los ha recogido, por lo que las pilas de restos materiales están por todos lados. Muchas de las techumbres de lámina de estas zonas se encuentran regadas por todos lados, algunas que no se alcanzaron a desprender, con el menor viento se ondean produciendo un sonido peculiar que amenaza la seguridad de quienes están cerca, cualquiera de esas láminas puede desprenderse ocasionando daños a las personas que viven o transitan por ahí, pero a la autoridad no le importa.

Cualquier habitante de la península de Yucatán podría pensar que las cosas que pasan en el Mayab en cuanto a la cultura de la prevención de huracanes pasa en todos lados, pero no es así. Cualquiera podría pensar que los aprendizajes que nos dejaron Gilberto, Isidoro, Ópalo, Roxana, Wilma, entre otros, con respecto a la cultura de prevención que ha logrado reducir pérdidas humanas se replica en el resto del país, pero no es así. En Acapulco nadie supo, las familias junto con los menores de edad fueron a cenar con sus padres o abuelos a las embarcaciones donde trabajaban, nadie les previno ni les avisó, nadie supo de un albergue a donde acudir si sus casas eran inseguras, nadie les explicó por qué sus casas eran inseguras. Nadie guardó sus documentos básicos y después del huracán no pudieron identificarse para poder denunciar desapariciones, o enterrar a sus muertos cuando los tenían; los cuerpos tuvieron que esperar a la intemperie a que funcionara el registro civil para poderles emitir las actas de defunción, las autoridades, excepto la CFE y la Marina, no reaccionaron rápidamente porque nadie de las autoridades locales estaba preparado, en una terrible y pésima cultura de la prevención.

A pesar de este panorama, todos y cada uno de los familiares de los muertos y desparecidos, que fueron en su mayoría los más pobres de los pobres, agradecen al presidente su apoyo ya que para ellos es el Presidente quien ha visto por ellos y toda la propaganda de los políticos de la cuarta inician con un “AMLO quiere a su pueblo” y después la foto y el nombre más pequeño del aspirante a vividor de impuestos en turno. A pesar de estar en un mismo país, hay un abismo en la cultura de prevención pero la normatividad es la misma para todos, solo cambian los colores de quienes la aplican, y los resultados son extraordinariamente diferentes.

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