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UNA MUJER, LA PERDICIÓN DEL JEFE ZETA

  • El famoso “Z-1” había recibido decenas de impactos, varios de ellos mortales, cayó muerto instantáneamente.

Redacción | La Opinión de México | Sol Quintana Roo | Sol Yucatán | Sol Campeche | Sol Chiapas | Sol Belice | La Opinión de Puebla

(Tercera y última parte)

Ciudad de México.- Una noche llegaron Arturo Guzmán Decena y Omar Lorméndez Pitalúa hasta el negocio de Angélica Lagunas Jaramillo y su hija, Ana Bertha González Lagunas, localizado en la Calle Nueve y la de Herrera, en Matamoros.

La visita no era de cortesía. Una veintena de hombres de negro, armados hasta los dientes, las “levantaron”.

Estaban sentenciadas a muerte por no haber pagado el derecho de piso a pesar de las advertencias.

A las dos, según la averiguación previa PGR/UEDO/238/2003, se las llevaron a una casa de seguridad llamada “Punto Óscar”, donde se hallaba Osiel. Luego de una charla de casi dos horas salieron Angélica con Omar y Ana Bertha con Arturo.

Fueron por un auto de dónde sacaron 30 paquetes con cocaína y a la mujeres las obligaron a sacar dinero de varias cuentas bancarias para pagar sus cuotas atrasadas y entonces vino la proposición: Vivas y casi presas, trabajando para Osiel o libres pero muertas.

Obviamente, optaron por la primera opción, pero ya cupido había causado estragos entre los cuatro y desde esa fecha sostuvieron una estrecha relación: Omar con Angélica y Arturo con Ana Bertha, a tal grado que los primeros contrajeron matrimonio en 2002 y los segundos, sin casarse, procrearon un hijo.

El 21 de noviembre del 2002, Guzmán Decena andaba de parranda y ya bajo los humos del alcohol, le dio por visitar al amor de su vida: Ana Bertha. La impunidad con que se conducía era ofensiva. Sabedor de la protección de las corporaciones policíacas, tanto federales, como estatales, locales y municipales, no guardaba ninguna precaución y se mostraba en público sin recato alguno.

Ese día, para que no lo molestaran, ordenó que los entronques de la Calle Nueve y la de Herrera fueran taponados por sus hombres que atravesaron sus autos impidiendo la circulación.

Sin embargo, narcos antagónicos al Cártel del Golfo avisaron a la Unidad Especial en Delincuencia Organizada (UEDO) de la PGR y a la Zona Militar. Al llegar los agentes federales y los soldados, fueron recibidos a tiros y se soltó la balacera. En el lugar quedaron esparcidos cientos de cartuchos de AK-47.

El famoso “Z-1” había recibido decenas de impactos, varios de ellos mortales por necesidad y cayó muerto instantáneamente. Algunos de sus pistoleros también cayeron y otros fueron detenidos. Se había acabado la leyenda negra del “Escolta Suicida”.

Su cadáver fue llevado inicialmente al anfiteatro de Ciudad Victoria, Tamaulipas, pero llegó un piquete de soldados que dijeron lo trasladarían a instalaciones militares, bajo el argumento de que los “zetas” tratarían de rescatar el cuerpo de su jefe.

Después se sabría que habían sido hombres de “Los Zetas” lo que se llevaron el cadáver de su jefe.

Días después, en el lugar donde cayó muerto, aparecieron coronas y arreglos florales fúnebres, con la leyenda: “Te llevaremos siempre en el corazón. De tu familia: “Los Zetas”.

Efectivos del Ejército retiraban las ofrendas una y otra vez, pero volvían a aparecer; cada vez que las quitaban, volvían a colocarlas.

Esa situación sólo duraría tres meses, ya que tras la captura de Osiel, el 14 de marzo de 2003, los cambios de gobierno y los pactos con otras organizaciones criminales, desapareció todo rastro del “Escolta Suicida”.

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